Posiblemente la mejor obra de la autora. Aunque ella había hecho ya algunos pinitos en torno a las traducciones, (algún trabajo académico o colaboraciones en artículos como Enemigos e impostores) ha recopilado aquí buena parte de sus ideas y, al menos, la mitad de las mejores. Mona Montañés toma el título para su libro de la escritora Helene Hanff, que denomina así al cambio de moneda de libras y chelines a dólares que a ella tanto le costaba realizar.
Vaya por delante que tengo la esperanza de que Matemáticas bilingües ocupe un puesto en la literatura cercano al de otras obras de tanto prestigio como El acercamiento de Almotásim o las andanzas del famoso Herbert Quain. Matemáticas bilingües tiene la ventaja de que fue concebida como un único volumen singular por lo que, salvo que se le arrancaran algunas páginas, podrá leerse entero. (No es el caso de tantos de sus otros libros, de los que sólo existen algunas de sus partes, generalmente no las primeras para más inri, porque, en la mayoría de los casos, nunca fueron escritas las que faltan).
Dicho lo anterior, Montañés aborda con decisión el gran dilema de la traducción: si ésta ha de ser lo más fiel posible al original o si, por el contrario, debe recoger una idea aproximada del mismo, fiando la rigurosidad a las similitudes culturales y lingüísticas entre el original y la traducción. A ello se añade, sin duda, y así lo señala la autora en las aclaraciones a pie de página, el deseo de protagonismo del traductor en su frecuente calidad de escritor frustrado.
Lo cierto es que con los traductores sucede como con los porteros de fútbol: sólo nos percatamos de su labor cuando lo hacen mal. Como normalmente el lector no tiene acceso al original, (precisamente por eso lee una traducción), es imposible saber si aquello que nos molesta, “velas apoyadas en lo alto de botellas vacías a modo de lámparas”, se debe al Google Translator o a algo que el autor intentaba, con escaso éxito, evocar. Cuando la lectura es fluida, el traductor pasa desapercibido, quizá porque su trabajo ha sido impecable…
… o tal vez no. En el Diario de un fiscal rural (del escritor egipcio Tawfiq Al-Hakim) tenemos un ejemplo de traducción en el que la literatura queda completamente a salvo gracias a que se sustituye buena parte del presumible vocabulario del Nilo por uno que podríamos encontrar, por ejemplo, en Badajoz. Se mantienen las imprecaciones, Dios mediante, tan típicas del mundo musulmán y se sustituye el usted de aquí por excelencias de allá. Pero el regusto del Diario es de una ruralidad demasiado cercana que no te traslada al desierto. Todo lo contrario de lo que sucede en Tragar mercurio, en donde la abundancia de vocabulario polaco no deja duda de que aquello que con tanta dificultad se entiende viene de muy lejos. Como suele suceder, en el punto medio debe estar la virtud. De lo que no hay ninguna duda es de que o se destacan las diferencias o se asimilan. En ningún caso deben (cree la autora) colarse de matute. (Recordemos que la función principal de los porteros de fútbol es parar goles más que meterlos). En español, los pasteles no se sirven en placas, no se ven las cosas a vuelo de cuervo y el rezo del rosario carece de décadas. Diga lo que escriba el original. Ejemplos de todo tipo tenemos en la traducción de Noche. Sueño Muerte, Las estrellas, perpetrada por Nuria Molinés Galarza.
Son de destacar los anexos segundo y tercero de Matemáticas bilingües. En ellos se recogen listados de traductores cuyo trabajo no pasa desapercibido. En el segundo anexo se agrupan por su buen hacer y en el tercero por lo contrario. La autora pide, exige, a los lectores que den más relevancia al papel de los traductores y dejen de aceptar cualquier cosa. Afirma que la única manera de competir con los traductores informáticos es valorando la calidad.
Y tiene razón la autora porque la calidad ha sido una víctima de la crisis económica del 2008: Las tiendas que hacían de ella su bandera (de triángulos verdinegros, por más señas) han tenido que arriarla para competir con los que “no son tontos” porque sólo se interesan por el precio. (Sólo es sólo: quienes presumen de no ser tontos ignoran qué compran, cómo se mantiene y, mucho menos, qué va a pasar cuando se estropee… sólo saben que es barato).
Al reseñar Matemáticas bilingües pretendo, pues, no sólo hablar sobre el libro de Montañés sino hacerme eco de sus denuncias y colaborar en lo posible a valorar el papel de los traductores en la literatura. Para ello difundiré aquí, en la medida de mis posibilidades, los listados de traductores y editoriales que ella nos propone y que se compromete a ir actualizando:
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Buenas traducciones (Anexo II)
Anagrama: J. Parra Contreras. (Por Amores en fuga y por El lector, de B. Schlink)
Anagrama: Daniel Najmias. (Por La vida al final y por La nieta, de B. Schlink)
Asteroide: Cristina García Ohlrich. (Por El tiempo regalado, de Andrea Köhler).
Asteroide: Eduardo Jordá. (Por El final del affaire, de Graham Greene).
Asteroide: Eduardo Jordá. (Por La gran fortuna, de Olivia Manning).
Asteroide: Concha Cardeñoso. (Por Hamnet, de Maggie O´Farrell).
Asteroide: Miguel Temprano. (Por El americano tranquilo, de Graham Greene)
Asteroide: Concha Cardeñoso. (Por Tiene que ser aquí, de Maggie O´Farrell)
Asteroide: Concha Cardeñoso. (Por La primera mano que sostuvo la mía, de M. O´Farrell)
Asteroide: Concha Cardeñoso. (Por Retrato de casada, de Maggie O´Farrell)
Salamandra: J. Antonio Soriano. (Por Los colores del incendio, de Pierre Lemaitre).
Salamandra: J. Antonio Soriano. (Por La gran serpiente, de Pierre Lemaitre).
Salamandra: Maia Figueroa. (Por Volver a casa, de Yaa Gyasi).
Salamandra: M. Tapia (Por Instrucciones para una ola de calor, de M. O´Farrell)
Salamandra: M. Tapia (Por La desaparición de Esme Lennox, de M. O´Farrell)
Impedimenta: Jon Bilbao. (Por El unicornio, de Iris Murdoch).
Impedimenta: Olalla García. (Por El otro, de Thomas Tryon).
Impedimenta: Alicia Friyero. (Por Un plan sangriento, de Macrae Burnet).
Acantilado: José Moreno. (Por Malacqua, de Nicola Pugliese).
Acantilado: Berta Vías Mahou. (Por Mendel el de los libros, de Stefan Zweig).
Anagrama: Pablo Martín Sánchez. (Por Las gratitudes, de Delphine de Vigan).
Anagrama: Benito Gómez Ibáñez. (Por A salto de mata, de Paul Auster).
Anagrama: Juan de Sola. (Por Koljos, de Emmanuel Carrere)
Seix Barral: Benito Gómez Ibáñez. (Por 4.3.2.1, de Paul Auster).
Seix Barral: Ramón Buenaventura. (Por Una odisea, de Daniel Mendelsohn).
Taurus: T. Lozoya y J. Rabasseda. (Por La lengua de los dioses, de A. Marcolongo).
Taurus: T. Lozoya y J.Rabasseda. (Por Etimologías para el caos, de A. Marcolongo).
Tránsito: Esther Cruz. (Por La palabra bonita, de Elisa Gabbert).
Sexto piso: Miguel Martínez Lage. (Por La versión de Barney, de M. Ritchler)
Siruela: Celia Montolío. (Por Crónicas de los Cazalet, de Elizabeth J. Howard).
Trotalibros: Miguel Ángel Pérez Pérez. (Por Canción del ocaso, de L. Grassic).
Contraseña: Mª Teresa Gallego. (Por Vivir deprisa, de Brigitte Giraud)
Al margen: Óscar Palmer. (Por Ciudad muerta, de Shane Stevens).
Alfaguara: T. Gallego y A. García. (Por La muy catastrófica visita al zoo, de Joël Dicker).
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Malas traducciones (Anexo III)
Penguin R. House: Marta Guastavino. (Por El mar, el mar, de Iris Murdoch).
Penguin R. House: Luis Murillo Fort. (Por La carretera, de C. McCarthy).
Penguin R. House: Javier Calvo. (Por Lo que te pertenece, de G. Greenwell).
Penguin R. House: Pilar Giralt. (Por Todos hermosos caballos, de C. McCarthy).
Penguin R. House: Nuria Molines (Por Noche. Sueño. Muerte. Estrellas. de Oates).
Penguin R. House: Carme Camps (Por Qué fue de los Mulvaney de Oates)
Penguin R. House: Carme Camps (Por Niágara de Oates)
Navona: José Manuel Fajardo. (Por Salvar a Mózart, de Raphael Jerusalmy).
Navona: Enrique de Hériz. (Por El nadador en el mar secreto, de W. Kotzwinkle).
Navona: José Mª Valverde. (Por Los papeles de Aspern, de Henry James)
Navona: Miriam Dawster. (Por Golowin, de Jacob Wassermann)
Anagrama: Jaime Zulaika. (Por El sentido de un final, de Julian Barnes).
Anagrama: Jaime Zulaika (Por La única historia, de Julian Barnes).
Anagrama: Javier Albiñana. (Por Enviada especial, de Jean Echenoz).
Alfaguara: Pilar Vázquez. (Por La joven de la perla, de Tracy Chevalier).
Apóstrofe: Mª Isabel Merino. (Por La cúpula de Brunelleschi, de Ross King).
Rata: Summe Yoon. (Por Actos humanos, de Han Kang).
Salamandra: Eduardo Hojman. (Por Las huellas del silencio, de John Boyne).
Akal: Vicente Bordoy. (Por Napoleón Bonaparte, de Alfred Manfred).
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El interés de este anexo, con independencia del rigor de la autora, radica en los nombres que se repiten. Una única aparición podría deberse a una cuestión de criterio o del azar pero la repetición refleja algo más.
Así, destacan como buenos traductores Concha Cardeñoso, (con algún fallo grueso en La distancia que nos separa pero con muchos más aciertos en general) Eduardo Jordá, J. Antonio Soriano Marco, Marta Tapia y Benito Gómez Ibáñez (con algún error gordo en Invisible) junto con las editoriales Asteroide, Salamandra e Impedimenta. Por el contrario, las traducciones de Jaime Zulaica resultan descuidadas y tampoco las editoriales Navona (pese a que aparente lo contrario) o Penguin Random House se preocupan demasiado por ello.
*Pretextos
