Noche. Sueño. Muerte. Las estrellas.

Joyce Carol Oates

Guillermo del Campo
Fecha: 21 de septiembre de 2023
Categoría: Sin categoría

Y sin embargo…

Yo, cuando estoy leyendo, paso la vista por las líneas como quien va en una bicicleta ligera, de ruedas finas, por una carretera bien pavimentada: avanzo suavemente, disfrutando del paisaje que me cuentan, y adapto la velocidad a la dificultad de lo que leo. Si el texto está bien escrito no necesito detenerme ni, mucho menos, volver atrás. Me basta adaptar la velocidad a las curvas de la carretera, a la complejidad de la prosa. Adaptarme a la sintaxis de Borges y a las largas frases de Grandes. Lo que más me gusta es disfrutar del paseo con independencia de a dónde llegue éste.

También hay gente a quien no le importa usar bicicletas de montaña para poder así transitar por caminos más abruptos. Prefieren llegar, que les cuenten una buena historia, y el recorrido les importa menos. Pueden, llegado el caso, detenerse ante un bache y volver atrás si hay que vadear una palabra mal usada pero, en general, las gruesas ruedas de sus bicicletas pasan por encima de las pequeñas irregularidades de la sintaxis y de las palabras sueltas, inadecuadas, a poco que su significado pueda entenderse vagamente o, simplemente, no impidan seguir adelante.

Son formas diferentes de leer pero para quien va en bicicleta de carretera, adentrarse en caminos mal escritos es muy incómodo. Quizá para mi desgracia, tengo una bici muy ligera, muy afinada, que se atasca con suma facilidad. Ya desde joven me fue difícil entender los carteles y avisos mal escritos. Algo como “No echar propaganda en el buzón está prohibido” me hace perder varios segundos hasta encontrar, al menos, la coma ausente. Que me encuentre eso en un libro me obliga a bajarme de la bicicleta y retroceder hasta que me entero.

Para empezar, el criterio de traductora le ha llevado a decisiones completamente ajenas, no ya a la literatura sino al lenguaje más elemental. En el afán de introducir el género por todas partes, traduce “photographers” por “fotógrafos y fotógrafas” y abundan los “hermanos y hermanas” o los “hijos e hijas”. Siguiendo ese criterio ha logrado frases como la siguiente en la que es imposible no atascarse:

P. 448 Para un hermano o hermana, un hermano o hermana está enmadrado o empadrado si ese apego supera el del hermano o hermana rival.

Imaginemos por un momento 800 páginas así. Ni en un mitin se nos castiga tanto. Y eso que incorporó “apego”, que no estaba en el original, para ahorrarnos una quinta redundancia. La frase original pretendía ser reiterativa, sí, pero el empeño de la traductora en mantener el criterio de desdoblar los géneros a toda costa transforma esa reiteración en un bodrio ilegible para una novela. Salvo en esa excepción, el texto original no es reiterativo pero la traductora lo hace insoportable al añadir una y otra vez ese desdoble con tal de seguir sus propias motivaciones en vez de las propias del lenguaje normal o, si lo prefiere, las de la RAE.

Otra ejemplo discutible de las decisiones de la traductora es emplear el sintagma “persona racializada” (en el original, “persons of color”), que actualmente aparece sólo en contextos políticos o muy especializados, y que no es propia del lenguaje normal aunque tal vez la traductora quisiera que lo fuera. Creo firmemente en la libertad del traductor y en que no es un mero transcriptor, pero pienso que esa libertad debe ponerse sólo al servicio de una buena prosa y nunca de la ideología propia. La prosa no ha ganado nada con esta decisión, por lo que estaba de más.

Ese papel de traductora activa (que, insisto, bien empleado es encomiable) le lleva a corregir las frases que en el original aparecen escritas en español, suponiendo que la autora norteamericana no tenía suficiente conocimiento del idioma. De esta manera, cuando en el original aparece “saber que”, la traductora opta por enfatizar el origen caribeño del que habla y transformarlo en “ya tu sabes”. Pero no siempre y cuando el original escribe “unas vistas muy espectaculares”, expresión un poco extraña, opta por mantenerla añadiendo una aclaración a pie de página. Es decir, los criterios de la traductora se adaptan a cada caso concreto (con más o menos acierto) salvo que interfieran con sus convicciones ajenas a la literatura, como en el caso del género o raza, en cuyo caso prevalecen por encima de cualquier consideración lingüística.

Lo anterior ilustra una manera de traducir, cuestionable en ocasiones, decididamente errónea en otras e imagino que acertada en algunas más (cuando la bicicleta avanza sin baches, no se para uno a mirar atrás). Salvo por lo de la redundancia del género y sus incoherencias (P. 130 “hermanos y hermanas deseados”) estas decisiones tan sólo son añadidos de las convicciones de la traductora, superfluas e inapropiadas pero que no siempre suponen dificultad para la lectura. El problema fundamental viene cuando ese traducir activamente le ha llevado a complicaciones extraordinarias, e innecesarias, al empeñarse en introducir palabras y expresiones que la traductora no conoce bien. Y eso, junto con lo de todos y todas, sí se convierte en una tortura para el lector. Lo fundamental para traducir bien no es tanto lo que se ha estudiado sino, como decía Carmen Martín Gaite, tener un conocimiento profundo del idioma al que se traduce. Y Nuria Molines Galarza ignora el significado de palabras tan sencillas como “larvado”, “refinamiento” “deparar” u “ominoso”. Confunde constantemente “entreverado” y “veteado” con “entretejido” y, en general usa rematadamente mal muchas palabras. El lector puede ignorar si lo que lee está mejor o peor traducido pero necesariamente choca violentamente ante cada una de las expresiones siguientes, que sólo son una pequeñísima muestra:

P. 262 …sin una esposa que le haga el escrutinio. (De la ropa que viste, no de las urnas).

P. 350 Cara de carlino. (¿Cara perruna?)

P. 589 Aquella zona no era ni urbana ni residencial, sino derrelicta, cuasi abandonada. (Traducir literalmente las palabras del inglés lleva a emplear algunas tan extrañas como “derrelicto” y a hacerlo mal. DRAE: “Derrelicto: buque u objeto abandonado en el mar.”

P. 609 Llama cimitarrosa de sosiego. (Sin comentarios).

P. 654 Relativo a una ira apenas contenida: Sostenida por los pelos.

P. 662 Lorene encabritó los pies y se marchó. (Se puso de pie y se marchó).

P. 675 Del tono de una escaldadura entreverada de blanco. (Se refiere a un cabello “scorch”, de tono tostado o chamuscado. ¿Cómo será el cabello escaldado?).

P. 763 Mientras esperan la comida, van diezmando el pan. (¿Desmenuzando, picoteando?).

P. 780 Los senderos no le deparan ninguna dificultad. (Se trata de un andarín avezado al que los senderos no le suponen dificultad. Deparar es otra cosa).

Nunca vi en un libro un desconocimiento del lenguaje como el de muestra esta traductora aquí. Los cheques no se “redactan” (P. 614); “tácito” no es apagado o poco entusiasta (P. 282); “larvado” no es encubierto (P. 573) ni secretamente, ni íntimamente; “refinamiento” no es cortesía ni educación aunque estén relacionadas (gracious); los comentarios se eluden, no se evaden (P. 616)… No hay excusa para un resultado tan infame en español.

Uno no puede largarse de una sala “con cajas destempladas” de indignación (P. 96) porque a uno, si acaso, le echan con ellas para su vergüenza (redoble de tambores sin tensar cuando se arrancan los galones a quien se expulsa del ejército). Pero es que, además, la expresión es cosecha de la traductora porque en el original sólo pone “hurried from the room”. ¿Qué necesidad había de complicarse tanto si no conoce la expresión de las cajas destempladas más que de oídas? La traductora confunde “sacarse las castañas del fuego” (P. 94) con sostenerse o hacerse responsable (support himself), ignora que los estores carecen de lamas a través de las que mirar (P. 581). (Las persianas venecianas del texto en inglés sí tienen lamas pero la traductora no parece saber lo que son)… y así se podría seguir hasta el infinito porque no sólo la mayoría de estos errores aparece repetidamente sino que hay muchísimos más.

La traductora ha transformado un libro cuyo camino, es verdad, tenía algunos baches, en una trocha pedregosa e impracticable en la que es imposible no detenerse en cada página por los errores y la falta de precisión con que escribe. Y eso hace imposible disfrutar del libro.

.

Traducción: Nuria Molines Galarza. Merece un lugar destacado en el anexo de Matemáticas Bilingües. y, de hecho, en lo sucesivo evitaré leer las traducciones del inglés de Penguin (y, por tanto, de Alfaguara).

*Novela

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