Aunque el prólogo afirma que se trata de una novela y así parece serlo el volumen, en realidad el título no engaña: es una especie de diario novelado; sin la exhaustividad que cabría esperar de las anotaciones de un fiscal pero también sin el hilo narrativo propio de una historia contada.
Se trata de un híbrido en el que sobre el arranque de un asesinato se van enlazando anécdotas y sucedidos bastante sabrosos. A ello se añade una ágil redacción, lacónica, irónica, crítica y reflexiva que es la verdadera esencia del libro y donde radica su valor.
Pero más allá de lo que cuenta el autor egipcio, Tawfiq al Hakim, surge, otra vez, la eterna discusión sobre la traducción. En este caso el traductor, arabista destacado, escribe un prólogo jugoso en el que afirma la importancia de la comunicabilidad de lo que se traduce para los lectores. Aunque la palabra me parece poco afortunada, la idea es clara.
Yo esperaba un texto en el que me envolvieran los olores de la medina y de los zocos probablemente a costa de una prosa que tendría muchas palabras ajenas y formas extrañas. El traductor, al contrario, creo que ha logrado una redacción perfecta en español, con la medida justa de arabismos y que no chirría en absoluto. Con toda seguridad, en aras de esa comunicabilidad que dice, fue más allá de la mera literalidad en beneficio de una buena literatura. Sin embargo, de tan cercano, uno parece estar leyendo al secretario del ayuntamiento del Bienvenido Mr Marshal y no a un cadí musulmán. Sólo algunos detalles (la ausencia del usted, por ejemplo) le sitúan a uno en otro lugar.
¿Podó el traductor del Diario de un fiscal esos matices para facilitar la lectura a diferencia de lo que hizo el de Tragar mercurio a costa de dificultarla? Porque las diferencias de fondo entre el Egipto y la España rural existen y son mucho más profundas que las derivadas de unas décadas. Son siglos de cultura moderna lo que afecta a la mentalidad de la gente que, en el libro, es incapaz de comprender mínimamente el funcionamiento de un sistema judicial napoleónico. De la misma manera, la mera existencia de jueces religiosos en paralelo con los civiles no tiene réplica en España aunque nos remontáramos más de un siglo. Las diferencias existen y el autor las critica acerbamente pero el aire, el ambiente, se ha perdido (dando por supuesto que el original en árabe lo tuviera, claro).
Para leer por placer, yo prefiero las traducciones comprometidas a las literales. Y prefiero que prime la literatura sobre el contenido. Pero también veo que todo tiene un coste. Sin duda los lectores deberíamos dar mucha más importancia a los traductores. He conocido quien compraba los libros sólo por el diseño de la portada. No me parece el mejor método (especialmente para quien presume de cultureta) aunque no deja de ser un punto a considerar que yo uso cuando estoy dudoso entre dos recomendaciones. Hay quien escoge por los resúmenes de las contraportadas. Yo hace tiempo que decidí no leerlas porque me parece que engañan más que dirigen.
Rara vez uno puede elegir por la traducción pero recuerdo que de niño prefería las historias de Guillermo Brown traducidas por Guillermo López Hipkiss a las de Jaime Elías. Mi preferencia no creo que se debiera a cuestiones lingüísticas sino de simple costumbre pero es indicativo de lo que aporta un traductor al libro.
*Sucedido
