De la lectura de Los enemigos del traductor, de Amelia Pérez Villar, me salió un estudio en profundidad de dos traducciones de la novela de Emily Brönte, Cumbres Borrascosas. De la lectura de La impostora, escrita por la también traductora, Nuria Barrios, me ha surgido un análisis de un párrafo del relato Los muertos, de Joyce. En ambos casos el origen de mi curiosidad fue el mismo: las dos traductoras comparaban ufanas en sus libros un párrafo de sus traducciones con el traducido por otros autores. En el caso de P. Villar, con el traducido por Carmen Martín Gaite y en el caso de Barrios con el de Cabrera Infante y otros tres más. Y en los dos casos yo no estaba nada conforme con sus propuestas. Cierto que las otras versiones adolecían de defectos importantes pero las de las dos traductoras, que habían podido usar las versiones anteriores, también.
De las conclusiones del estudio sobre las dos traducciones de Cumbres Borrascosas salió que lo que da alas a una narración (que es lo que al final vamos a disfrutar con la lectura) es una buena prosa, equilibrada, precisa y clara. Que traducir, también es escribir y que hacerlo bien es lo que más puede valorar un lector. Que la buena prosa no siempre es meramente correcta y sale de buscar la claridad, evitar la imprecisión, mantener la coherencia y emplear el vocabulario más adecuado al caso. Aunque pueda parecer lo contrario, todas estas cuestiones están lejos de ser de Perogrullo y así lo constaté en muchísimos ejemplos de Cumbres Borrascosas: la palabra adecuada no era siempre ni la más culta ni tampoco la más corriente. La fidelidad al texto original se lograba fundamentalmente haciendo uso de la libertad en la traducción, (cosa en la que destacaba Martín Gaite pese a lo que reivindicaba la traductora). La coherencia requería de una lectura atenta de la obra para evitar pequeños errores que se hacen tan molestos para el lector. El lenguaje debía ser audaz y alejarse de la neutralidad estereotipada que sale de una traducción automatizada. Todas esas cuestiones eran evidentes una vez extraídas del texto pero no antes, y mucho menos su concreción en unas u otras soluciones.
No, no encontré recetas en aquel estudio, pero sí vi que saber escribir era más importante que saber traducir, aunque ambas cosas fueran necesarias. (Quizá eso explique que haya traductores de obras escritas en idiomas que apenas conocen). Esto es así al menos en las novelas que Landero llama literarias, en las que es más importante cómo se cuentas las cosas que las cosas que se cuentan. No estamos ante la traducción de un manual de instrucciones, en donde la precisión es lo importante, sino ante un texto que debe “sonar” bien al lector como característica primordial. Frases como “Qué bueno que viniste” son inaceptables (y no es exageración: en la traducción de Noche. Sueño. Muerte. Las estrellas. hay mil disparates similares).
Barrios, como P. Villar, tampoco tiene en mucho a los escritores que eventualmente traducen y pone varios ejemplos de fiascos que incluso podrían considerarse fraudes. (Con todo, es cierto que la traducción de Cabrera Infante tiene cosas inaceptables en español de España pues no sé si en Cuba las viviendas tienen “cuartos de desahogo”, pero no me imagino a la señora de la casa diciendo “cariño, te espero en el cuarto de desahogo». Ni siquiera en Cuba).
Ante el reto que proponía Barrios en su libro, decidí en esta ocasión ignorar el original en inglés junto con las restantes traducciones, y quedarme sólo con el párrafo de Nuria Barrios para examinarlo como un texto original por sí mismo. Al fin y al cabo, lo mismo me da si los personajes pasan por un zaguán o por un vestíbulo, lo que me importa es que se me evoque algo coherente y lo pueda leer con fluidez..
Lily, la hija del portero, corría sin aliento de un lado a otro. Apenas acababa de conducir a un caballero a la pequeña despensa situada detrás del chiscón, en la planta baja, y le había ayudado a quitarse el abrigo, cuando el ruido destemplado de la campana de la puerta principal sonaba otra vez y ella debía atravesar a la carrera el zaguán vacío para abrir a un nuevo invitado, Afortunadamente, no tenía que atender también a las señoras. La señorita Kate y la señorita Julia habían sido previsoras y habían convertido en vestidor el cuarto de baño del primer piso. Allí arriba estaban la señorita Kate y la señorita Julia sin parar quietas, supervisándolo todo, cotilleando y riendo y apresurándose, una detrás de otra, hacia el rellano de la escalera, inclinándose sobre el pasamanos y llamando a Lily para preguntarle quién acababa de llegar. (Nuria Barrios)
Dejando de lado las construcciones tan cortas y algo extrañas que puedo suponer que tratan de mantenerse desde el original, encontré dos tipos de defectos en ese párrafo:
- Vocabulario:
- No es normal que una sirvienta «conduzca» a los invitados. Más bien los acompaña.
- No decimos que alguien está «apresurándose» sin decir para qué (o tenerlo implícito). Las señoritas estaban nerviosas pero no estaban «apresurándose» así, en general.
- Coherencia: cuenta Barrios de que traduce página a página, sin leerse previamente la obra completa. Quizá por eso se hace una idea equivocada de cómo es la casa pues emplea un vocabulario más propio de un edificio de pisos que de la vivienda unifamiliar de la que se trata en realidad:
- La decisión de que Lily sea la hija del «portero» la lleva a emplear «chiscón», propio de edificios de pisos. Pero lo que las viviendas unifamiliares suelen tener es «guardas» o «encargados» que no ocupan espacio alguno de vigilancia en el interior de la casa. La criada tendrá que acompañar a los habitantes a otra pieza pero no a un chiscón, y malamente podrá ser la hija de un portero.
- Un zaguán es una pieza independiente que no conecta con la escalera. La pieza que se conecta con la escalera en una vivienda unifamiliar es el vestíbulo. Podrá existir también un zaguán pero éste estará desconectado de la escalera (suelen usarse como cortavientos y para ello precisamente se le colocan puertas al interior). Difícilmente las señoritas podrán asomarse desde la planta de arriba y hablar con la criada que esté en el zaguán. Lily, más bien atravesará corriendo el vestíbulo, que no el zaguán, para alcanzar la puerta.
- El rellano desde el que las señoritas preguntan a Lily es también más propio de las escaleras comunitarias pues en las escaleras privadas suelen llamarse descansillos.
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En otras ocasiones, el vocabulario, aunque también sea correcto, no casa bien con lo que se cuenta:
- Un cuarto de baño es convertible en tocador de señoras, pero es más difícil que se convierta en vestidor. Además, de un vestidor no suele decirse que sea de señoras mientras que de un tocador, sí (aunque no haya tocadores de señores por esos misterios que tienen las lenguas). Por último, el tocador es el espacio donde más normalmente se produce lo que describe el texto de cotilleos y risas mientras las señoras se retocan mirándose al espejo, etc.
- Un pasamanos es parte de una barandilla (salvo cuando está directamente cogido a la pared, en cuyo caso es imposible asomarse). Normalmente diremos que nos asomamos a la barandilla más que al pasamanos, de la misma manera que nos asomamos a la ventana y no al alféizar.
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Reconozco que quedé abrumado por la cantidad de defectos que encontré en un único párrafo y ello me animó a examinar el original en inglés… para concluir que no me había equivocado, que, en efecto, la traductora presumía de un párrafo que a mí me parece que está francamente mal traducido. Sin embargo, también tuve ocasión de observar un gran acierto en la primera frase, no sólo con respecto al original sino también en relación con las otras traducciones que transcribo:
Lily, the caretaker’s daughter, was literally run off her feet. (Joyce)
Lily, la hija del encargado, tenía los pies literalmente muertos… (G. Cabrera Infante)
Lily, la hija de la guardesa, tenía los pies literalmente hechos polvo… (E. Chamorro)
La pobre Lily, la hija del vigilante, tenía los pies literalmente deshechos… (M. I. Butler de Foley).
Lily, la hija del portero, corría sin aliento de un lado a otro. (N. Barrios)
En efecto, los cambios radicales en la primera frase de Barrios me parecen un acierto aunque estén alejados de la literalidad. Como bien cita ella de Octavio Paz, «descontados los indispensables conocimientos lingüísticos, lo decisivo es la iniciativa del traductor». Comenté antes la importancia de no confundir fidelidad al original con literalidad y éste es un ejemplo del buen hacer de la traductora.
Al final, como cuando estudié la traducción de Cumbres Borrascosas, vuelvo a pensar si en vez de encargar nuevas traducciones no sería mejor revisar una traducción ya hecha, mejorando aquello que a cualquier lector mediano le sonara mal. Casi diría que empezar una nueva traducción, o encargarla, es un ejemplo de soberbia que arroja muy malos resultados.
Por curiosidad, se me ocurrió también traducir el párrafo con DeepL (programa gratuito disponible en Internet) y éste fue el resultado:
Lily, la hija del conserje, estaba literalmente agotada. Apenas había llevado a un caballero a la pequeña despensa de la planta baja, detrás del despacho, y le había ayudado a quitarse el abrigo, cuando volvió a sonar el silbante timbre de la puerta del vestíbulo y tuvo que corretear por el desnudo pasillo para dejar entrar a otro huésped. Menos mal que no tenía que atender también a las señoras. Pero las señoritas Karen y Julia habían pensado en eso y habían convertido el cuarto de baño de arriba en un tocador de señoras. Las señoritas Karen y Julia estaban allí, cotilleando, riendo y alborotando, caminando la una detrás de la otra hasta la cabecera de la escalera, asomándose por encima de las barandillas y llamando a Lily para preguntarle quién había venido. (DeepL)
Ciertamente esa traducción pasa sin problemas por una más entre las existentes y me atrevería a decir que incluso está entre las mejores. No está bien y hay que revisarla y pulirla, pero tampoco está peor que las otras. A la vista de esto voy a corregir mi conclusión anterior: además de tener en cuenta las traducciones existentes conviene usar también las que nos aporta la tecnología (cosa que sospecho que ya sucede). Pero, tenidas todas en cuenta, hay que revisarlas a fondo, cosa trabajosa y pesada (que sospecho que no se hace). Siguiendo la máxima propuesta por Barrios de que traducir es rentable sólo si se hace deprisa, comprendo que no hacer que esas revisiones resulta más ventajoso para ella pero va completamente en contra de la calidad del resultado.
Nuria Barrios menciona unos honorarios de traducción que le parecen muy bajos y, de alguna manera, justifican los malos resultados. También lo reivindicaba P. Villar pero no daba cantidades concretas. De acuerdo con lo que Barrios considera un abuso, 0.07€/palabra, por traducir el párrafo se pagan casi 9€ y por traducir el relato completo unos 1.000€. He comprobado que corregir el resultado de ese párrafo de DeepL, con la ayuda de las restantes traducciones requiere de una media hora. Hacerlo para todo el relato podría necesitar unas 65 horas de trabajo (semana y media). No me parece, pues, que esté tan mal pagado, la verdad. Hay muchos buenos profesionales de toda índole (con estudios, que pagan IVA, seguros de RC, alquileres de despachos, etc.) que ganan menos y no se excusan en ello para ni para ir con prisas, ni para no tener una visión de conjunto del trabajo a realizar que les permita hacerlo mejor. Y mucho menos para decir que la sirvienta conduce a los invitados a quitarse el abrigo o que las señoritas están arriba cotilleando y apresurándose.
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(*) Por segunda vez en estos comentarios, el libro que sirve de base a esta reseña concreta no existe y la autora no es sino una mezcla de las dos traductoras comentadas.
Y aprovecho para añadir que trataré de leerme algún libro traducido por Nuria Barrios, cuyo ensayo me ha gustado aunque pueda parecer lo contrario, para tratar de mejorar mi opinión acerca de su trabajo. Al fin y al cabo este artículo está basado sólo en el párrafo que ella propone.
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*Pretexto
