Reseña Hasta que empieza a brillar André Neuman

Hasta que empieza a brillar

Andrés Neuman

Guillermo del Campo
Fecha: 18 de mayo de 2025
Categoría: Pretextos

Hasta que empieza a brillar es una biografía novelada de María Moliner cuyo principal valor es la estupenda prosa de Andrés Neuman. Su mayor defecto, como el de otros de sus libros, la falta de enjundia en lo que cuenta. El autor tuvo su mayor éxito, en mi opinión, en Hablar solos, donde contaba una historia muy sencilla pero vívida. No consiguió tanto con las historias mucho más complicadas de El viajero del siglo o de Fractura en los que creo que su magnífico hacer literario se diluye demasiado. Con la vida de María Moliner, mucho más sencilla, vuelve a brillar la narrativa de Neuman con expresiones magníficas (“frente llena de renglones”) su complicidad (“A ver si  nos vemos pronto. ¿Qué es pronto?, Un adverbio de tiempo.”) o sus buenas descripciones (“a Laurita no le quedaba mucho para renegar de los diminutivos”, “un Madrid con calles pobladas de peatones temerosos de cruzar mal”) que tanto me recuerdan a las de Almudena Grandes.

Neuman también estructura el libro de modo que evita una biografía línea, intercalando cortos capítulos relativos al acontecimiento final de su no entrada en la RAE. Además inventa diálogos que enlazando lo oral con lo reflexivo resultan muy evocadores.

Y sin embargo… el libro no acaba de cuajar ni como biografía ni como novela. Como novela, la vida de María Moliner no da para tanto. Como biografía, me desagrada no poder distinguir entre la realidad y la ficción. Sobre todo porque con la ficción, con los diálogos que acaban en pensamientos y con tantas medias palabras, Neuman acaba construyendo un personaje ideal más que reflejar a una persona. Diría que incluso construye el personaje que le habría gustado que fuera, a él o a los lectores actuales, pero que me temo que esté un tanto alejado de la realidad. Hoy en día estamos tan pagados de que cualquiera tiempo pasado fue peor, que no adornar con nuestras virtudes actuales a quienes vivieron tiempo atrás nos parece un desdoro. Nos negamos a admitir que los valores de la última década no son absolutos y que hubo tiempos en los que se pensaba de otra manera.

María Moliner no fue la Pasionaria ni Campoamor. Tampoco fue Pardo Bazán. Tal vez podría haberlo sido de habérsele presentado la ocasión pues la forja de muchos héroes pasa por situaciones en las que no les quedó alternativa. Pero María Moliner no parece que buscara esas ocasiones o éstas no se la encontraron a ella. Que lograra acabar Filosofía y Letras en la especialidad de Historia en los felices veinte del siglo pasado tiene muchísimo mérito tanto: estudiar no era común, entre las mujeres mucho menos y con las dificultades económicas con las que se encontró me parece realmente heroico. Que se empeñara en trabajar y accediera al cuerpo de archiveros y bibliotecarios, encomiable. Entre estos comentarios míos figuran más estudiantes de la Residencia de Señoritas con las que coincidió y la mayoría no pasaron de ser mujeres adelantadas a su época. Lo que distingue a María Moliner es haber elaborado el Diccionario de Uso en sus ratos libres y en el trabajo como bibliotecaria de la Escuela de Industriales. Tuvo la suerte de que lo que empezó como afición acabara siendo un trabajo remunerado y así pudiera culminarlo, que no es frecuente. Hay quien está empeñado en podría sacar dinero de esta afición mía de escribir a cuento de libros que leo. Yo creo que es una quimera, primero porque son demasiado personales y segundo porque hasta para eso habría que ceñirse a normas criterios y estructuras incompatibles con el mero tiempo libre gratuito.

A Neuman, sin embargo, el Diccionario de Uso no le parece suficiente, posiblemente porque para escribir un libro no lo sea, y estructura el libro en torno a la idea de la injusticia que cometió con ella la RAE. Lo primero que habría que saber es si el Diccionario tiene el rigor técnico necesario por sí mismo, despojado de la épica de que haya sido elaborado al amor de las faldillas de una mesa camilla o entre papelotes de la biblioteca de Industriales. Al decir de muchos no lo tiene pues carece de criterios sólidos y de la exhaustividad necesaria para que un documento científico pueda ser tomado como tal. Y es lógico porque la afición de una única persona a lo largo de los años cambia, se enriquece con lo ya hecho y va cambiando de objetivo. De haber sido de otra forma, quizá el diccionario no habría muerto con su autora y se habría podido continuar su labor.

Un diccionario de uso es, además, eso: de uso. Pero el uso es muy diverso según los países, zonas e incluso personas. “Taimado” significa según la RAE “bellaco, astuto, disimulado” y según el Moliner “se aplica a la persona astuta, disimulada o hipócrita, y maligna” pero conocí quien usaba el adjetivo de otra manera y defendía a capa y espada que el suyo era el verdadero significado. Cuando uno desconoce una palabra puede valerse de los dos diccionarios pero si lo que uno quiere es asegurarse de que la usa bien es preferible acudir a la autoridad bien consolidada de la RAE, aunque a veces nos parezca vetusta o incómoda.

Por otra parte, quien entró en su lugar, Emilio Alarcos, no era precisamente un piernas. Hay muchos otros aficionados a las palabras que no están en la RAE pese a tener muchos libros escritos. De los cerca de cincuenta libros que tengo relacionados con la lingüística, y que por supuesto incluyen al Moliner, sólo creo tener uno o dos escritos por académicos. Lo que sí tengo es un montón de novelas RAE pero un diccionario no pasa por novela.

¿María Moliner no ingresó en la RAE por ser mujer, como se dice en Hasta que empieza a brillar o, de haber entrado habría sido precisamente por ser mujer? Hoy no tengo duda de que entraría por la puerta grande pero quizá hace cincuenta años tenían otras ideas.

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Verde/*Historia

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