Nunca encontré tanta dificultad para decidir si colocaba el libro a la derecha o a la izquierda de la columna ni para fijar el tamaño de la portada en el comentario. Al final opté por la benevolencia porque realmente he disfrutado mucho leyéndolo aunque me haya disgustado otro tanto.
El comienzo se hace lento, lleno de reflexiones cultísimas de toda índole trufadas de comentarios vacuos propios de las tertulias corteses del SXIX. Interrupciones continuas del tipo “de leche una nube, por favor” que junto con las propias reflexiones se hacen pesadas en una novela hasta que va tomando cuerpo la historia principal. Pasadas cuarenta o cincuenta páginas uno empieza a coger interés por entresacar la trama de tanta digresión morosa entre la que se esconde e incluso llega a leer ansioso a la vez que atento. Atento a descubrir algún detalle en un dialogo de apariencia irrelevante. Atento a no dejar pasar la belleza de muchos momentos. Y así pasa trescientas páginas estupendas e ilusionantes hasta que va notando que se le adelgaza la parte derecha del libro y teme por el final de esas ilusiones.
La narración de Andrés Neuman va a saltos, a veces muy prolija pues se narran hasta las conversaciones (Hans, dijo Hans) que se introducen mezclando interlocutores con ideas y descripciones. Pero a la vez se narra con huecos notables que dejan al lector agradablemente ávido de encontrar en los siguientes pasajes la continuidad que le falta. El estilo es muy variado en mi opinión: narración, cartas, diálogos con interlocutor elidido, poemas, diarios, frases inacabadas, metáforas complejas.. Uno no siempre está en disposición de entender todo eso porque requieren una predisposición insostenible en tantas páginas. Todo ello me parece excesivo porque en esa mezcolanza uno intenta descubrir claves que no acaba de encontrar.
En medio de todo muchísimas reflexiones sobre literatura, historia, política, traducciones, palabras…, todo del SXIX, que requieren de mucho más conocimiento del que yo tengo para juzgarlas bien. Percibo en ellas un aire actual como si en las conversaciones se suscitaran temas que también podrían pertenecer a nuestro siglo: la construcción europea, el federalismo en España, el cuidado de las palabras y su volatilidad, los derechos sociales, el feminismo… los buenos modales no sirven para ser buena sino para ser mala sin que se note. Luego habrá quien invite en un café precisamente para ofender. En el libro se reflexiona en un momento en el que ya se había producido la revolución de las ideas pero todavía faltaba mucho para que llegaran las revoluciones que las pusieran en práctica. Quizá por eso sigue pareciendo todo tan vigente. O porque es un intento deliberado, como sostiene el comentario de la editorial.
Todo en esta novela es incierto. La ciudad y la gruta, los personajes empezando por el principal, las varias historias que fluyen conforme se cruzan los personajes y que van ofreciendo unas posibilidades amplísimas que acaban en nada, la misma prosa: «Los milagros no existen. Tú también» (en vez de tú tampoco). Esas incertidumbres apenas se despejan y nos quedamos sin saber qué oculta el arcón de Hans, qué es del ladrón de la cueva o para qué nos han entretenido con esbozos de personajes con los que nada sucede luego.
Tantas páginas dedicadas a reflexiones y una historia tan incompleta acercan al libro a lo que yo calificaría de ensayo novelado: el autor expresa opiniones a través de sus personajes tanto mediante sus diálogos y reflexiones como con sus actuaciones. Y de la misma manera que en la conversación no se desarrolla un tratado, que necesariamente queda inconcluso, tampoco es necesario que las tramas se completen. Además, las ideas son del SXIX con aplicación al SXXI. Todo muy curioso pero a costa de perder mucho en el género tradicional de la novela. Decepcionan tantas posibilidades malogradas: la policiaca, la del cuarteto, o quinteto, o sexteto amoroso, el revulsivo social del los amiguetes de la cueva…
Sin embargo, tiene páginas sublimes: el diálogo entre Hans y Sophie a través del abanico, conversaciones en la posada, un verano maravilloso que sigue a una primavera preciosa, inteligentísimos puntos de vista omniscientes que permiten alcanzar una gran profundidad en Sophie y en sus relaciones, que gozaban tratándose de usted mientras se miraban de tu. Descripciones acertadísimas si uno está en disposición de entenderlas… De lo mejor que he leído sin duda.
Curiosa Alfaguara: aquí omite las tildes de los pronombres demostrativos pero mantiene las del adverbio “sólo”.
Al final el libro me produjo mucha tristeza tanto por la historia como por las falsas expectativas que me había ido creando en esas trescientas páginas centrales maravillosas.
*Novela literaria
