Margaret Atwood aprovecha las lagunas que tantas obras literarias tienen, particularmente cuando se trata de un clásico cuya antigüedad hace que muchos detalles sean difíciles de entender hoy. ¿Quién no ha imaginado un final alternativo para Madame Bovary, para Cecile o para DÁrtagnan? Pues eso sucede con la Odisea. Al leerla, es inevitable plantearse cómo era posible que los pretendientes de Penélope pasaran años devorando su hacienda y uno concluye se debe tratar de una metáfora del acoso al que se vio sometido el reino debilitado por la ausencia de su rey, por ejemplo. Pero son mil cosas más las que no cuadran. Y ahí es donde la autora tiene el acierto, no sólo de proponer interpretaciones diferentes de absurdos como el ahorcamiento de las doce criadas, pobres, sino de plantear un punto de vista distinto de toda la epopeya, el de Penélope, que cambia por completo la historia.
Y por si eso fuera poco, la autora tiene la habilidad de crear un personaje, Penélope, mucho más atractivo que el de Homero: burlona, inteligente, femenina sin caer en lo anacrónico ni en lo ridículo, (es decir, feminista), que destaca las contradicciones de unos y otros, junto con las suyas, consciente de la “imprudencia de interponerse entre un hombre y el reflejo de su propia inteligencia”, celosa de Helena… Uno se enamora de esa Penélope que se ríe de su abnegación a la vez que admira a Ulises. Su visión es más complementaria que alternativa. En un tono irónico que recuerda a Manolito Gafotas, simplemente ve las cosas de otra manera, más refrescante sin por ello perder el aire de la epopeya. Penélope imagina a los dioses aburridos, haciendo travesuras y preguntándose a cuál de las miles de oraciones que les llegan cada mañana de los mortales les apetecerá prestar oídos ese día, hartos de la grasa y huesos que es todo lo que les destinan en los sacrificios los sacerdotes ávidos de carne. Sin dejar de ver que Ulises es paticorto, valora mucho la cháchara que mantiene con ella, lo que hace que también nosotros lo apreciemos más.
Un gusto, la verdad, tanto la novela como todo lo que de irreverente, para el pasado y para el más rabioso presente, la acompaña.
.
.
Traducción: Gema Rovira
Estupenda traducción que ha sabido trasladar el equilibrio que sin duda la autora quería mantener entre lo homérico y lo jocoso más actual.
