Aunque los escritores dicen que lo son poco menos que por obligación, que necesitan escribir y contar historias, no es del todo cierto. Más bien desean ser leídos y no les bastan cuatro gatos: quieren ser grandes escritores, quizá los mejores del momento y a poder ser, alguno de los diez o doce más reconocidos de la Literatura. Rosa Montero lo explica muy bien en El peligro de estar cuerda. Y si las aspiraciones de los escritores se amplían hasta esa magra docena es por falsa modestia; además de, digo yo, porque ninguno quiere en realidad ser Cervantes. Aunque todos ensalzan el Quijote, valoran más el parecerse a Proust, Tolstoi, Wilde, Camus, Galdós, Flaubert, Balzac, Faulkner… según sus preferencias. No sé por qué, pero no he sabido de ninguno que quisiera emular al Príncipe de los Ingenios.
En ese afán de excelencia, los escritores no se conforman con sacar un gran libro, por ejemplo A salto de mata, y necesitan ir más allá, experimentar, y escribir Invisible. Aunque Paul Auster, que aquí sólo es un ejemplo de tantos, fuera luego capaz de escribir un Diario de Invierno o 4.3.2.1, libros que sin duda son estupendos en parte gracias a esos experimentos fallidos, los lectores aficionados como yo habríamos preferido ir de libro bueno a otro mejor saltándonos esas pruebas.
En realidad a los lectores nos pierde lo mismo que a las editoriales: nadie quiere creer que el autor de Cien años de soledad será capaz de decepcionarnos con su siguiente libro ni que pueda ser un fracaso de ventas. De suceder, lo achacaremos a haber puesto el listón muy alto y, además, seguro que ese siguiente libro también se vende, aunque sólo sea por ser de quien es. La diferencia entre lectores y editoriales es que nosotros nos gastamos el dinero y el tiempo en estos fallos y ellas ganan de todas maneras, probablemente a sabiendas del engaño y a veces hasta hinchando abiertamente el soufflé, para sacar también tajada del rebufo de un merecido éxito.
Gabriel García Márquez escribió El otoño del patriarca unos diez años después del éxito de Cien años de soledad y a mi entender sólo puede considerarse un intento de ir más allá del anterior, un experimento, porque logrado el reconocimiento universal necesitó lanzarse a nuevas aventuras. Si en uno se exageraba, en el otro, más. Si uno tenía párrafos de media página, ahora probamos con los de tres páginas, con narradores cambiantes dentro de la misma línea… pero salió un galimatías muy difícil de entender. Sí, es cierto que aparecen frases como “arrancaron enteros los prados azules y se los llevaron enrollados como si fueran alfombras” o que “alguna vez preguntó qué horas son y le habían contestado las que usted ordene, mi general” y que aparecieron “catorce comandantes trémulos que nunca fueron tan temibles porque nunca estuvieron tan asustados” que hay que ver qué poderoso es el miedo, sí… Pero no basta e incluso complica. Es verdad que tras leer El otoño del patriarca uno percibe la soledad del dictador y de su poder (aunque con la iglesia y alguna mujer topara). Esa idea general, y poco más, la capta uno como al vuelo de unas páginas que, sin embargo, individualmente son inextricables. El esfuerzo de lectura es inmenso y, sobre todo, inútil. De nada sirve volver atrás y releer tratando de descubrir quién nos estará contando repentinamente lo que dos líneas más arriba contaba otro, porque en realidad da igual. Tendríamos la misma idea general del libro si leyéramos sólo las páginas pares, o una de cada cinco, y encontraríamos la misma dificultad en explicar algún detalle concreto que si lo leyéramos de corrido. Tanto es así, que uno de sus corifeos, y el creador del concepto del realismo mágico nada menos, tuvo que escribir una explicación del libro al mes de salir al mercado, pues tal fue la decepción que causó entre la gente normal. He puesto su portada en la reseña.
Acepto que los escritores necesiten experimentar para que podamos disfrutar con Crónica de una muerte anunciada o El amor en los tiempos del cólera. Lo que ya me cuesta más es que las editoriales actúen sin miramientos, tanto para rechazar a cualquier escritor novel como para aceptar cualquier cosa que escriba un Nobel. No digamos si, como mencioné antes, además de publicar, premian con los mismos criterios especulativos.
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*Novela
