De Rayuela, siempre me echó para atrás el “tablero de dirección” que Cortázar propone al principio de la novela. Tampoco en esta ocasión me atrajo demasiado pero habiéndome gustado Final del juego y conociendo de hace tiempo a una enamorada de Rayuela, decidí animarme. También me llevó a leerlo alguna comparación que leí entre la Maga y La uruguaya, aunque al final resulta ser muy leve: ella de Montevideo, él de Buenos Aires y algún rasgo de ambas personalidades pero sin que ello asemeje en absoluto ambas novelas.
Me han gustado algunas frases: “andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”; algunos pasajes: el del gíglico del capítulo 20, el del concierto de la pianista; incluso la Maga, que sin apenas descripción física, se me hace atractiva por el carácter, la gracia que tiene al “acertar sin saber” y simplemente vivir.
Comprendo que Rayuela también incluye un catálogo de técnicas narrativas pero es que yo, como lector pasivo del que al parecer Cortázar huye, sólo me interesan las buenas, las que me cuentan mejor una historia. Ya me pasó leyendo Invisible, de Auster. La investigación es necesaria para descubrir lo que funciona. Y para llegar a ello hay que explorar muchos caminos que no acaban en nada y que como lector prefiero ahorrarme. Yo quiero el producto final, bien acabado y evitarme los mejunjes intermedios. No le veo la gracia a jugar con la ortografía ni a ordenar los capítulos de manera que requieran un índice, ni tampoco a que ese índice carezca de final en un ir y venir entre dos capítulos recurrentes.
Tampoco quiero una guía turística ni cultural de las innumerables citas que tiene el libro, que en mi edición están amplísimamente explicadas. Tendrá interés para los estudiosos pero a mí me bastaba con una buena historia y la que se recrea entre unos diletantes bohemios con sus reflexiones a base de mate, música, tabaco y vodka, ni allí ni acá, me dice gran cosa.
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Traducción y lenguaje:
Para mí, leer a escritores argentinos es un placer porque me llevan al límite de lo que puedo comprender sin usar mis expresiones habituales. Me hacen reflexionar sobre el idioma y lo caprichoso de tantos de sus resultados. Por qué allá hablan de llevarte a la “sillita de oro” y acá de llevarte a la “sillita de la reina”. Por qué machona por marimacho, retar por regañar, pileta por piscina… Expresiones y palabras que se entienden, que realmente podrían ser intercambiables pero cuyas diferencias me hacen ser más consciente de cómo cambian los idiomas.
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Verde/*Novela
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