Leí esta novela al poco de salir, en 2007 sin saber que sería la última de las grandes novelas de una magnífica escritora. Ella misma contó que todo comenzó con cuentos que escribía de niña en las tardes de domingo en casa de sus abuelos. Luego comenzó a publicar y siguió contando maravillosamente sus cosas en Las edades de Lulú, en Te llamaré Viernes, en Malena es un nombre de tango, en Atlas de geografía humana, en Los aires difíciles y en Castillos de cartón, sin olvidar sus dos también estupendos libros de relatos. Almudena Grandes nos contaba el gusto por los pisos de techos altos de Chamberí, Argüelles o Barceló, por las familias numerosas, por los abuelos (Tabaco y negro) por los tíos que se alejaban del patrón de sus familias, por las heridas prohibidas de la sierra de Madrid, por cocinar, por la exacta precisión de las cosas, por las venganzas financieras… También solía contarnos del franquismo, de la desgracia de tanta gente honrada (no sólo entre los parias de la tierra) que perdió la guerra. Todo ello entretejido de historias de amor, muchas veces a primera vista y siempre tórrido. Esas cosas que a ella le gustaban y que a los lectores también por cómo las contaba y por lo fácil que nos era identificarnos con la época, con Madrid o con la familia. Luego, por desgracia, cambio el contar historias por reivindicarlas y, aunque mantuvo su maestría narrativa, nada volvió a ser lo mismo.
El Corazón helado cuenta una historia complicadísima de amores, traiciones y venganzas en la guerra, franquismo y democracia en la que no hay duda de las simpatías de la autora. Ella insiste muchas veces en lo de que “ellos empezaron” como si unos y otros no hubieran empezado también en el 32, en el 34, el 36… Pero las opiniones incorporadas a la literatura, a diferencia de cuando es la literatura la que se reduce a vehículo de las ideas del autor, no sólo no restan interés sino que la enriquecen.
La estructura de la narración, que se enrosca en los pensamientos de los personajes hasta extremos inimaginables, resulta maravillosa. Oates emplea un sistema narrativo similar en la historia de otra familia, los McLaren, pero allí no se pretende contar los pormenores sino limitarse a plasmar una situación que no importa que resulte algo confusa. Con Almudena Grandes, en cambio, no se pierde en absoluto el hilo y se va desenmarañando perfectamente una trama que resulta casi imposible resumir. En la primera página de cada capítulo ella es capaz de comenzar tres episodios diferentes, anunciarte dos o tres sucesos más en la siguiente e ir devanándolos todos luego, despacio, cuidadosamente, hasta dejarlos perfectamente dispuestos… para sorprenderte una vez más con un nuevo acontecimiento. Porque, y quizá ésa sea la mayor dificultad de este libro, logra una trama tan absorbente que a veces cuesta demorarse en las reflexiones de los personajes que entrelazan unas historias con otras.
Por el número de páginas, cercano al millar, pensé incluirlo en el apartado de “con tiempo y ganas” pero lo cierto es que pertenece sin lugar a dudas a los de “para no levantarte” porque realmente cuesta mucho dejar de leerlo. Y, sin embargo, uno debe hacer un esfuerzo, contenerse y no dejar de disfrutar todas esas paradojas tan propias de la escritora “me dejó solo sin alejarse un centímetro de mí”, o esas metonimias gigantes en las que condensa en un abrigo estrechado toda una década de penurias. En la primera escena del cementerio ya hace un cuadro detalladísimo de la situación con unas chaquetas de lana, unas piernas rollizas y un “no esperamos a nadie” inquietante.
Los personajes son muchos y también están muy entremezclados de manera que al principio sentí un cierto vértigo que me hizo preparar un árbol genealógico de la familia. Luego, conforme avancé, me di cuenta de que era innecesario, que Almudena Grandes no dejaba flecos y se entendía muy bien pero ya seguí con él. Le di forma de marca páginas y aquí está por si a alguien le interesara.

Por cierto, una curiosidad: me costaba identificar el edificio de la portada, que suponía en la Gran Vía, hasta que me di con él en Tenerife, nada menos. En todo caso, aunque desubicada, la portada te mete bien en la época.
*Novela
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