Fue uno de los primeros libros de Almudena Grandes que leí. Me gustó muchísimo en su momento y vuelve a gustarme muchísimo ahora también. En esta ocasión decidí leer los relatos en orden inverso al que vienen en el libro. Sólo recordaba los dos primeros y pensaba que, impresionado por ellos, los siguientes los habría leído con menos atención pero no es así: aunque los cinco relatos son muy buenos, los dos primeros son los mejores. Son páginas que no pueden olvidarse, magistralmente escritas y con una fuerza y un interés difíciles de igualar.
En realidad Almudena Grandes sí se iguala a sí misma porque Estaciones de paso recoge, no sólo pasajes y situaciones de otros de sus libros sino incluso “cameos”: Forito, fotógrafo taurino de Tabaco y negro ya protagonizó Atlas de geografía humana, por ejemplo. Las familias llenas de primos y tíos que están en Malena es un nombre de tango, en El corazón helado y en tantas otros libros aparecen aquí en El capitán de la fila india. En cambio, Almudena Grandes no le ha dedicado muchas páginas al fútbol pero las del primero de los relatos, Demostración de la existencia de Dios, te dejan sin habla.
Yo regalé una vez Tabaco y negro, el segundo de los relatos, por ser un relato de toros. Sospecho que nunca lo leyeron aunque lo cierto es que los toros del relato no son más que un contrapunto a la boutique de Lista, bastante mejor descrita, con esas frentonas que Maitena también recoge en sus tiras. No fue un regalo fácil; los buenos regalos no lo son. De este cuento acerca del talento y el oficio me quedo con una frase sencilla: “habría agotado la paciencia de un santo y, mucho antes de eso, agotó la de su padre.”
Almudena Grandes escribe muy bien y llega a hacerte sentir mucho de lo que pasa por el corazón de sus personajes pero, además, cuadra perfectamente las descripciones con los diálogos y con lo que sucede… Algo que parece puesto al azar en las primeras páginas se recoge más adelante y cobra sentido. Si al personaje se le hace cuesta arriba la vuelta a casa, cuando vaya más contento la bajará. Hay que estar atento porque cada palabra encierra mucho. No sólo escribe bien, te cuenta muchísimo. En mi caso, también disfruto con que me recuerde muchas cosas conocidas. Es lo bueno de compartir con ella la edad, la ciudad y algunas aficiones como la cocina. Habla de esos riquísimos “eclairs” de Mallorca, de los pisos de techos altos del centro de Madrid, de las amistades imposibles del Capitán de la fila india… (es la vida la que demuestra que son imposibles). Cuenta lo dura, e inútil, que es la lucha de quienes se empeñan en mantener una imagen, cada día más falsa y más podrida. Lo absurdo de que, en ese esfuerzo, rechacen lo real. A pesar de que habría sido su única oportunidad de vivir de verdad en vez de en una mentira continua. Ésas son las historias de Almudena Grandes y las que uno encuentra en la vida con dolorosa facilidad.
Supongo que cuando una escritora alcanza el éxito no es tan necesaria una portada atractiva y se descuidan más. Sin embargo la de Estaciones de paso es algo mejor que las habituales. De hecho, creo que es la única que se ha mantenido en todas las ediciones que he visto: una chica que se presume joven tapándose la cara porque la adolescencia es eso, una estación de paso, como las que transitan los personajes de los relatos. Dudo de que lea mucho más de esta escritora que por desgracia se nos ha ido. Sus obras póstumas, caso de que fueran suyas, no me interesan demasiado como me sucede con la etapa que inició con sus episodios no nacionales. Pero releerla, es un placer.
*Relatos
