Fue un comentario de F. Lázaro Carreter quien me llevó a este libro. Escribía él acerca de la expresión en pelota en uno de sus dardos y contaba que “cuando, en el Diario de un emigrante, Miguel Delibes se expresa por su cuenta, utiliza cuidadosamente el singular; en cambio, cuando es Lorenzo, su gran personaje, quien habla, dice siempre en pelotas”. Eso me recordó a las Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso, en donde también Delibes hacía hablar “mal” a su personaje. También es cierto que no hago pereza para leer a Delibes aunque no estaba muy atraído por la segunda parte del Diario de un cazador que tampoco me entusiasmó a pesar de la afición que le tengo al autor.
Al leer a este emigrante me he dado cuenta de dos cosas: que para Lázaro Carreter, como lingüista, debía ser especialmente interesante un libro que casi es un catálogo de dichos, expresiones y palabras muy diversas. También, que mucho de todo eso, como les pasa a los dardos de Lázaro Carreter, se ha quedado muy desfasado. Es más, yo soy capaz de entender casi todo lo que escribe Lorenzo pero dudo de que alguno de mis hijos capte ni la mitad siquiera.
Como novela, si nunca segundas partes fueron buenas, menos cuando la primera difiere bastante de la segunda: El Lorenzo cazador abunda en descripciones del campo pero el emigrante se limita bastante a contar sus impresiones. Y yo creo que la prosa de Delibes es buena para lo primero, y por eso sus mejores novelas son las que, en un entorno bien definido, intercala vivencias sencillas: El camino, El príncipe destronado, Señora de rojo sobre fondo gris, Cinco horas con Mario, Los santos inocentes, La hoja roja… En cambio, cuando son las vivencias las protagonistas, su prosa se queda corta, aliquebrada que diría Lorenzo. Es el caso de El hereje, en donde Delibes quizá se alejó más de su esencia, o de las Cartas que mencionaba antes, en donde el género epistolar, tan similar al de los Diarios, siendo buenos libros, se quedan por debajo de los que ya he mencionado.
El alarde de vocabulario, por sí mismo, no basta para construir una buena historia y la del Diario de un emigrante se hace un tanto reiterativa y anodina. Ya desde el prólogo resulta la novela algo confusa y tampoco acaba uno de situar al personaje. A veces recuerda a un madrileño chulo, otras parece más rural, se le van pegando expresiones sudamericanas, que si bien tiene su gracia como evolución del lenguaje, restan fuerza al relato. Delibes siempre se interesó por estas cosas, no son accidentes: su Lorenzo critica que allá digan “provisorio” en vez de “provisional” pero acabará cayendo también meses después. Pero, sobre todo, me resulta inverosímil ese repertorio tan nutridísimo de expresiones pintorescas. Vale que, en lenguaje hablado y en algunas circunstancias, se produzcan pero difícilmente pueden darse tan sistemáticamente y menos en un escrito. Pese a todo, es Delibes y algo tiene cuando a pesar de todo se leen bien sus casi trescientas páginas y se mantiene a lo largo de ellas el interés.
Bueno, y finalmente, como el libro no es más que un diario sin otro narrador que el personaje, Lázaro Carreter citó mal: efectivamente, Lorenzo dice “en pelotas” pero así como en el caso de “provisorio” se señalaba la diferencia, en este caso no hay nadie que lo corrija.
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*Novela
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