La verdad es que comencé a leer el monumental libro de Paul Auster, 4. 3. 2. 1 y me recordó a éste de Miguel Delibes. Como el de Auster es tan largo, intercalé a ratos al príncipe.
Otro relato humano del autor en el que la ternura de los personajes se mezcla con sus pequeñas mezquindades para dar lugar a un cuadro de un realismo impresionista: la vida misma contada con los retazos de lo que sucede a un niño de tres años en un día. En él se atisban infidelidades, envidias, cariño y todo un mundo que nos mantiene en vilo durante la lectura como no cabría esperar de esa estructura horaria salvo porque el autor se merecía el crédito. Curioso: durante más de la mitad nos atrapa la capacidad del protagonista de no hacerse pis encima. Es como un leitmotiv que tiene la habilidad de captar nuestra atención desde el principio, cuando quizá todavía no habríamos podido sumergirnos en el relato, hasta que nos deja cuando ya nuestro interés está más que asegurado.
Me lo regaló cuando niño una tía mía pero no es un libro de niños. Tiene esas cosas de Delibes de motejar a los personajes de forma reiterada, la bata de flores por Mamá, el lenguaje adaptado a los personajes “¡Mamá, Domi, Juan, venir!”, la repetición de ciertos elementos que nos sitúan, como el fogón de sintasol rojo… Por cierto que esto último no acabo de imaginarlo del todo. Supongo que se trata de un fogón antiguo forrado en sus laterales con linóleo. En el micro cosmos que percibe un niño se intuye que hay mucho más por contar, precisamente mucho de lo que también a retazos, pero mucho más concretos, se cuenta en Cinco horas con Mario. El médico llamando “bobita” a la madre ya nos da una pista de lo que luego se apunta en tres frases entreoídas de una conversación telefónica. Aquí los papeles están cambiados pues es el padre el conforme con el sistema político pero la tensión debe ser la misma aunque apenas podamos entreverla.
Una cosa más. Cuando el niño se va a acostar encuentra el cuarto recién ventilado, oliendo al frío húmedo y neblinoso de la calle. Buena costumbre que había antes, perdida por el pretendido ahorro energético, eufemismo para el económico, y que tantas humedades inconvenientes de las paredes evitaría si se retomara de nuevo.
*Novela literaria
