Reseña, Un verdor terrible, Benjamín Labatut

Un verdor terrible

Benjamín Labatut

Guillermo del Campo
Fecha: 14 de agosto de 2026
Categoría: Sin categoría

Los comencé por recomendación sin darme cuenta de que ya había leído Maniac de este autor, que por lo visto se dedica mucho a los científicos y su lago genial o de locura. Ni uno ni otro me han entusiasmado a pesar de que Labatut sabe animar la narración de cosas que, de otro modo, serían muy aburridas. Me recuerda un poco a Zweig, el chileno menos entusiasta, que biografía de un modo novelado que resulta muy ameno. La diferencia es que me interesa más la Historia en general que la de los descubrimientos científicos.

Un verdor terrible salta de un asunto a otro hasta centrarse en el principio de incertidumbre de Heissenberg, que explica muy bien. Comienza con historias de venenos y acaba con otras de física cuántica. La unidad la da el epílogo, que daría para una novela aparte. En mi caso, con Maniac, me habría bastado.

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Lenguaje:

Benjamín Labatut es chileno. En vano buscaba yo al traductor capaz de meter tantísimo anglicismos… Sabiéndolo, se acepta mejor cosas como “qué tan lejos había podido avanzar”, “intelecto precariamente balanceado” o el mal uso, ya completamente extendido por la influencia del inglés, de “bizarro”: “ecuaciones bizarras” por extrañas. He comprobado que hasta la RAE ha acabado por admitirlo, bien es verdad que es notorio que en los últimos tiempos la docta institución ha adoptado una anchísima manga, ya lo dicen Grijelmo, Reverte, Muñoz Machado… Lo cierto es que “bizarro” significaba hasta, hace muy poco, “valiente”, y así lo recogía en exclusiva tanto el diccionario de la Academia como el de María Moliner. No es necesario remontarse a Fuenteovejuna para encontrar a un bizarro capitán. Basta irse al Tenorio, ya más cercano, o incluso a Valle-Inclán, mucho más aún, para usar bien la palabra. Sin embargo, el diccionario panhispánico de dudas ha tenido que recoger la novedad y añadirle una nueva acepción a la palabra, que a quienes conocíamos al bizarro Guerrero del antifaz, se nos hace extrañísima (o bizarrísima ahora).

Más allá de los anglicismos, encuentro que en Chile confunden horadar por hollar y que se sacan los abrigos en vez de quitárselos, aunque para esto último ya no hay que cruzar el charco. No me resulta agradable aunque en un libro que no me eleva demasiado, tampoco me importa en exceso.

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*Sucedido

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