Debido a las traducciones, a las malas, prefiero leer a escritores que escriban en español. Sin embargo, ésa es una preferencia que tampoco conviene airear mucho porque, hasta donde yo conozco, la mayoría de los lectores hacen poco caso de estas cosas. Es más, son capaces de reunirse a comentar un libro y no hacer el menor caso de construcciones como las que se ejemplifican en el libro de Amelia Pérez de Villar que a mí me parece que claman al cielo. Las famosas “velas apoyadas en botellas de gaseosa vacías” pasan completamente desapercibidas para muchísimos lectores. De modo que al leer Los enemigos del traductor, por fin, me he sentido menos solo en esto.
Como Mona Montañés, la autora dice que el traductor debe pasar desapercibido y que la mala traducción hace que el texto no fluya. También, que más culpable que el traductor suele ser la editorial aunque en este caso el libro desciende en exceso a los problemas de los trabajadores autónomos y a sus honorarios. Se la ve militante y con razón aunque no sea mi guerra exactamente. No obstante, en adelante seguiré su consejo de citar a los traductores en estas reseñas.
El libro tiene buenos ejemplos de los problemas de las traducciones: traducir «nigger» por «negrata» cuando la palabra se repite mucho puede resultar excesivamente cargante por lo que no es sólo el significado lo que hay que tener en cuenta en una traducción. Pone dos párrafos de sendas traducciones de Cumbres Borrascosas y al compararlos uno ve cuál es mejor… y que ninguno es perfecto, la verdad. Lo que en uno resulta poco fluido en el otro me parece excesivo. Por si fuera poco menciona varias librerías que conozco en varias ciudades… Recuerdo que durante unos años yo traduje reglamentos de juegos de mesa a cambio de un ejemplar de los mismos y que tuve un problema por traducir al “leader” de una ciudad-estado griega de las guerras del Peloponeso por “caudillo”. Y es que las palabras tienen un trasfondo profundísimo que hay que cuidar mucho.
Claro que el mejor escribano echa un borrón y su libro hace aguas (sic) porque no es un libro: es un conjunto de artículos, en su mayoría de un blog, que carecen de la necesaria unidad y que se repiten un poco. Y por más que miro en la contraportada y en las solapas, de eso no se advierte. De hecho, hasta hay un subtítulo que abunda más en la idea de que el libro es un ensayo relativo a las traducciones, cosa que no es, por desgracia. La autora habría sido muy capaz de escribirlo, estoy seguro, pero ha preferido publicar una miscelánea que hace que sus argumentos pierdan rigor. Me temo que flaco servicio hace así a una causa que comparto.
*Pensamiento
