Una novela rusa

Enmanuel Carrère

Guillermo del Campo
Fecha: 28 de junio de 2019
Categoría: Sin categoría

Escrita tras El adversario, pese al título se supone que es otro libro de no ficción, que no es exactamente una novela. Tampoco es un reportaje al modo de El adversario aunque los primeros capítulos lo puedan parecer. Ahí radica, en mi opinión, el principal defecto del libro: uno no sabe a dónde va y así es difícil situarse. Todo libro requiere de unas páginas durante las que se ha de confiar en que el autor logrará encauzar su historia e interesarnos. En mi caso son un máximo de cincuenta. Pero Enmanuel Carrère se va mucho más allá sin que sepamos muy bien qué está sucediendo. Lo que comienza como un reportaje de un interés dudoso sobre un prisionero de Stalin se entremezcla con un periodo de la vida sentimental del autor, mucho más atractiva, con su pasado familiar y hasta con el rodaje de una película. De hecho, ni al acabar la lectura puede uno decir mucho más que, sin ser exactamente un diario, eso es lo que más se le puede parecer. Conforme avanza la lectura me recordó la decepción que me produjo Mairal cuando, vacío de ideas, escribe Maniobras de evasión. Al parecer Carrère también estaba agotado tras El adversario aunque la novela rusa es bastante mejor que las maniobras de Mairal.

Una novela rusa es un ejercicio de exhibicionismo impúdico de una sinceridad apabullante que en algunos pasajes resulta muy atractivo. Cierto que yo al menos no puedo saber cuánto de realidad hay en el libro, y son precisamente los visos autobiográficos los que le dan un morbo especial. Cierto que sólo la parte de Sophie me interesa mientras el resto me sobra por completo. Pero cierto también que sabes de antemano que se trata de un libro extraño que no pretende ser ficción, ni un reportaje, ni un ensayo ni nada clasificable y que, en estos casos, eso es lo menos que te puede suceder. En todo caso, sin duda, Carrère sabe escribir.

Con su estilo directo, casi ofensivo, te cuenta una relación tormentosa de una manera muy intensa presentando los innumerables defectos del narrador y también las luces y sombras de la otra parte, Sophie. Te hace sentir la tormenta y te hace reflexionar sobre lo difícil que a veces es hoy el amor sencillo cuando no se basta a sí mismo y nos empeñamos en mejorarlo. Cuando nos parece poco lo que vemos en una pareja de jubilados y decimos buscar la relación perfecta, libre como un pájaro de cualquier atadura. Cuando queremos algo tan puro, tan puro… que no existe. Y sabemos que no existe pero necesitamos ocultar nuestro egoísmo y nuestro miedo tras esos ideales inalcanzables. Somos tan estupendos que no nos conformamos con menos que lo imposible para no tener que aceptar que nuestros abuelos supieron perfectamente lo que era el amor.

Es verdad que tampoco es fácil que todo cuadre. Yo imagino las vidas como líneas que se entrecruzan y que, a veces, encuentran un espacio despejado en el que comienzan a discurrir en direcciones similares. Una línea se acercará mucho a la otra que tal vez vagará más errática, a veces chocarán, a veces el acercamiento de una coincidirá con el alejamiento de la otra… Con suerte y tiempo tal vez encuentren la distancia justa para avanzar más o menos paralelas y, quizá, como las vías del tren, acaben fugando hacia un punto del infinito. Pero eso requiere de más realismo y mucho menos egoísmo. Sin ser la intención del autor, lo que se evidencia en el libro es el egoísmo atroz que nos aqueja en el orden moral. El del autor y el de Sophie, por no extenderme más. Ya no hace falta esgrimir malformaciones para abortar. Tampoco violaciones o falta de capacidad de la madre. Cualquier cosa vale. En Una novela rusa basta que la madre haya cambiado de idea con respecto a quién prefiere como padre para que no se plantee más problemas y aborte. Y ni siquiera da lugar a la menor reflexión, se nos pasa desapercibido como lo más natural en medio de una vacuidad moral alucinante. Como la paternidad de El pueblo de las cabras y como tantos otros comportamientos que, no sólo son profundamente egoístas sino que, encima, los vestimos de profundos y comprometidos.

*Sucedido

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