Una historia de amor inverosímil entre un guapísimo que está en la cárcel y una madre de dos hijos, rica y que también es guapísima, todo ello en medio de la violencia generalizada que al parecer aqueja a México y que excede de todo lo imaginable. Sin embargo, en un ambiente tan brutal, la historia resulta hasta cursi al intentar justificar continuamente a los personajes con el alto nivel cultural, su fuerza interior, sus cargos de conciencia, sus habilidades sexuales… Guillermo Arriaga sigue siendo ambicioso y, como en El salvaje, mezcla narradores, tipografías, conciencias… pero si allí el resultado era dudoso, aquí me parece decididamente malo. El asesino… es que era maltratado por su padre, que era un indio con vastísima cultura y muy comprometido con su causa, por supuesto. Cuando el asesino vuelve a la cárcel, aparecen celestinas por todas partes dispuestas, primero a propiciar y luego a mantener, un adulterio ridículo pero, eso sí, que supone una grandísima mejora para la producción artística de ambos amantes. Todo el mundo tiene motes menos nuestro José Cuauhtémoc, que es algo así como un Jesucristo emergiendo de Rambo en un panorama apocalíptico. Y si este “superstar” se porta tan mal con su amigo el Máquinas es porque, qué iba a hacer el pobre y porque, aunque no lo sabíamos todavía, el Máquinas es un auténtico salvaje que merece cuanto le pase.
El cargo de conciencia de los personajes pretende disiparse con esas zarandajas pero es que detrás va el del propio autor, que intercala páginas supuestamente escritas por los presos y añade una especie de diario del hermano tonto del protagonista como para vestir de denuncia social lo que no es sino una reiterpretación de La bella y la bestia ensombrecidas por Grey.
Yo, a pesar de todo lo anterior, habría querido salvar por la literatura lo que no puede Salvar el fuego pero me ha sido imposible por dos razones: una, porque la prosa es muy mala. El autor acumula metáforas y comparaciones supuestamente evocadoras de una manera compulsiva. Para definir la impresión que le causa al protagonista quien le acoge una noche, encadena, en diecisiete líneas, lo siguiente: “Cara de me cayó el chahuistle”, “monje budista aguantándose la diarrea”, “asceta de bajo perfil”, “curita de pueblo”, “tipo de su vuelo”, “medio rucayo”, “segundo padre”, “viejon anofruncido”, “pepe grillo gigante”, “míster corrección”. ¡En diecisiete líneas! Parece un sevillano pesado contando chistes sin parar. Comparaciones como “estaba más cagada que un carro bajo un palomar” se suceden una y otra vez porque la pobreza del lenguaje necesita de todas esas memeces para expresar algo. Pese a sus esfuerzos en más de seiscientas páginas, Arriaga ha sido incapaz de transcribir la jerga carcelaria a la novela y necesita extenderse en semejante verborrea vacía para intentar comunicar algo. Ni Pascual Duarte ni Zacarías, por poner dos ejemplos extremos de incultura y zafiedad, hablaron nunca de una manera tan pobre.
La otra razón para no poder salvar la novela por la literatura es porque resulta ininteligible para mí. Me es imposible entender un porcentaje tan grande de palabras que la lectura se convierte en un absurdo. “Lonches”, “morra”, “picotiza”, “paliacate”, “troca”, “shineada”, “mensada”, “chouchof”, “tagona”, “chingamadral” y varios cientos más junto con los “bigshot”, “foking”, “rush”, “rooting”, “realiti chou”, “casteado”, “fatilicious” que no dejan una frase sana. Es verdad que mucho de lo que se pierde no es fundamental pero un párrafo que acaba diciendo “cogió la troca y salió”, cambia radicalmente según la “troca” sea una pistola, una furgoneta o su rabia. Y más allá del contenido perdido es que no se puede disfrutar de una lectura así. Cuando se lee en otro idioma, en mi caso en inglés, se pierden muchos matices pero aquí se pierden matices y contenido, salvo la percepción de que uno se halla en los bajos fondos. Y para trasladar algo tan elemental, como para remedar jergas, hay formas mucho mejores.
Me gusta leer a escritores sudamericanos porque me hace reflexionar sobre el lenguaje. Sin embargo, si el mexicano ya es difícil, el de una jerga tan acusadísima y constante se hace imposible. Un libro como éste no merece la pena en absoluto sin traducción. O quizá, simplemente, no merece la pena.
Traducción: nadie, todavía.
*Novela
