Ambiciosa novela de otro autor mejicano del que salen palabras tan sabrosas como “fifirufa” pero también otras como “balacera” que no es tan bonita.
Se trata de la historia de un adolescente que se ve obligado a ejercer como adulto antes de tiempo. Quizá también suceda que en Méjico la adolescencia sea más corta que en Europa. Lo cierto es que el comienzo es prometedor y que te mantiene bastante enganchado a lo largo de las seiscientas páginas que tiene el libro pero también que se dispersa demasiado con digresiones de lo más variopinto que me parece que están de más. Un dulce olor a muerte era una buena historia bien contada que me falló porque seguía en exceso la concisión y austeridad de Crónica de una muerte anunciada. Aquí, en cambio, abundan los intentos de usar la tipografía, la repetición infinita de palabras, la sangría de las líneas, las reflexiones antropológicas y tantas otras cosas que te apartan de las historias principales. Yo prefiero que la literatura emplee los recursos propios del lenguaje a que coloque las palabras en diagonal en mitad de una página para transmitir no sé bien qué.
En realidad son dos historias, la del muchacho y la de un lobo, que avanzan en paralelo. Como hay muchas distracciones, cuando empieza la narración del inuit y el lobo uno no es consciente del alcance que va a tener. De todas maneras yo habría esperado la relación profunda entre el muchacho y el lobo que el título parece sugerir.
Por eso digo que la novela es ambiciosa y quizá por eso decepcione, porque arranca con mucha fuerza pero las expectativas se van diluyendo poco a poco. Anticipar acontecimientos es un recurso muy frecuente y Guillermo Arriaga arranca así. Sin embargo, no trata adecuadamente el paso del tiempo, no consigue reflejar el proceso de madurez del protagonista. El chaval abrumado por la desgracia del principio se mezcla con el miembro de una secta de matones con el vengador implacable, con el celoso impenitente, con el clemente absurdo y con el enamorado que reemprende su vida en nuevos parajes idílicos. Y lo mismo sucede con otros personajes secundarios que aparecen como de la nada, que están poco dibujados y que sin embargo adquieren un peso inaudito.
Pese a todo, yo ya no leo seiscientas páginas sin que haya algo que me atraiga y en El salvaje lo hay. El uso de “dios” en minúsculas y “Sol” con mayúsculas, la pasión de unos y otros, la familia con sus vericuetos hasta que es destruida, la camaradería del barrio…
*Novela de intriga
