Como es norma en los libros que he leído de Oates, comienza con un suceso traumático y luego desarrolla el comportamiento de la familia estadounidense bajo ese trauma a lo largo de ellos años. En eso no difiere demasiado de los Mulvaney o los McLaren, también libros gruesos que mantienen la tensión a pesar de que, tras la primera conmoción, lo demás va más bien rodado. En esta ocasión hay un suceso intermedio, sí, pero no es eso lo que mantiene el interés sino la forma en la que la escritora te va perfilando los personajes, poco a poco, afectados todos y a la vez tan normales. Detrás, un retrato crítico de la familia y de la sociedad que la rodea pero siempre tranquilo, sin estridencias.
Ya que describe a la sociedad estadounidense, no deja de sorprenderme la facilidad con la que allí parece compaginarse trabajo y estudios. En España hay una edad para estudiar y formarse y otra para comenzar a trabajar pero por lo general no se solapan. Allí uno trabaja para sacarse un dinero, luego deja de estudiar y se coloca en algo mejor, cuando ve que no llegará a nada pasa a estudiar de nuevo y trabaja algo para mantenerse… Y por lo que leo en otros libros, la situación se puede prolongar mucho tiempo de modo que alguien con treinta o cuarenta años vuelve ala aulas para mejorar su formación y poder acceder a mejores trabajos. En absoluto es el tema de la novela pero se aprecia que sucede algo así en alguno d ellos personajes.
Niágara es otra novela entretenida de Oates, más deshilachada que otras, menos contundente, pero que se lee con gusto al igual que las demás. Quizá la portada sea representativa pues no se sabe bien si se trata de una mujer abrumada, indolente o curiosa, al igual que le sucede a la protagonista. Viéndola sólo podríamos asegurar que refleja a una mujer estadounidense de clase media. Lo que la novela.
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Traducción: Carme Camps Monfa
Como en otras ocasiones (Qué fue de los Mulvaney), la traducción es mala, con innumerables errores y la hacen merecedora de engrosar el índice de Matemáticas bilingües que la gran Mónica Montañés auspicia para beneficio de las traducciones. Cosas como que haya “mellas” en una alfombra marcada por las patas de una mesa (P325) que “había crecido hasta una gratificante altura” (en vez de “una considerable estatura”, por ejemplo) o “tenía un aire masculino de pavoneo” (quizá se refiere a la arrogancia masculina) o “una mirada teatral perceptiblemente bizca”, etc. Cosas que chocan porque en español no se dicen así de la misma manera que “an old house” en español se debe traducir por “una casa vieja” salvo en los casos en los que se pretenda expresamente enfatizar que es una “vieja casa” y que no serán todos los casos, lógicamente. Anteponer el adjetivo al sustantivo es lo común en inglés pero en español es un recurso expresivo que hay que dosificar en vez de dejarse llevar por la traducción literal.
También podría la traductora molestarse en aclarar el significado de algunas palabras propias del entorno de la narración, como “tuscarora”, al parecer una tribu de indios.
La autora tampoco es fácil de traducir, es cierto, pues abunda en esas comparaciones absurdas como comparar el latido de un corazón con el badajo de una campana. Al traducirlo, habría que decidir si Oates pretendía una comparación rara o en inglés tiene un sentido del que carece en español. Y, naturalmente, lo cómodo es seguir con la traducción literal.
Otro ejemplo de lo que una buena traducción debería plantearse y en lo que Camps ni se le pasa por la cabeza detenerse: en el dramático momento en el que comunican la aparición del cadáver (P.131) y se quiere destacar el lamentable estado del mismo tras pasar varios días en el agua, Oates escribe:
-Excuse me, Mr Burnaby? The Coast Guard found it. Not him. It.
Algo que Camps traduce como:
-Disculpe, Sr. Burnaby. La Guardia Costera lo ha encontrado. No “le”, sino “lo”.
Sin embargo, en español no cabe expresar así el matiz: siempre sería “lo ha encontrado” (cadáver o amasijo). En español habría que referirse a que hubieran encontrado “algo” o «eso», por ejemplo. Claro, eso requiere reflexionar mínimamente sobre lo que se escribe, algo que ese momento de la novela (en realidad toda ella) debiera merecer.
Los malos traductores se escudan en la fidelidad al autor para no dedicar esfuerzo alguno a pensar lo que escriben. (¿Quién, a excepción de la Sra. Camps, puede siquiera imaginar una alfombra “mellada” por las patas de una mesa?) Esa fidelidad al autor no es tal cuando un buen texto en inglés se convierte en un mal texto en español. Pero lo que es peor, esa falta de trabajo, de rigor, de mínimo interés por lo que se traduce encierra una absoluta falta de consideración hacia quienes van a leerlo. Es rápido, rentable y fácil pero la falta de profesionalidad de tantos traductores como figuran en el apartado oscuro del índice antes mencionado es bochornosa.
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Verde/*Novela
