Misericordia

Benito Pérez Galdós

Guillermo del Campo
Fecha: 11 de febrero de 2020
Categoría: Clásicos

Del SXIX y con ese título, no pensé que me fuera a gustar pero me equivoqué. Aunque al principio la prosa resulta algo recargada con eso de anteponer el adjetivo al sustantivo constantemente y el exceso de pronombres enclíticos, la verdad es que uno se acostumbra pronto y siente cómo pasa las páginas con gusto.

Más que una historia, Galdós nos describe la miseria de Madrid con todo lujo de detalles. Y ésa es una diferencia con respecto a Baroja en La busca ya que Misericordia no pretende contar sucesos. Galdós describe más una situación relativamente estable que un devenir de acontecimientos. Todo lo estable que la vida de esas personas podía ser, claro. Y en ese vivir cotidiano a la caza del pan diario, Galdós se esfuerza en recrear diferentes hablas enriqueciendo sin duda la imagen que nos queda de la lectura.

También se diferencia de La busca en que, pese a la miseria en todos los órdenes, Misericordia es optimista. Hay una luz en Benigna que va creciendo página a página y que, aunque no le sirva apenas para mejorar su condición terrenal, hace que se eleve por encima de ella. Pero no sólo Beningna tiene esa bondad (también tiene sus pecadillos) sino que la propia señora, con todo lo desagradecida que es, tiene su conciencia y no quiere el mal que, sin embargo, acaba haciendo. Hasta Juliana, al final, es consciente de su mal hacer. Los personajes son, antes que nada, humanos y Galdós huye del maniqueismo. Ya podría aprender alguna incondicional del autor en sus nuevos Episodios.

Me resulta curioso que Galdós ponga tantas virtudes en una mujer de sesenta años a la que califica de anciana mientras corretea por todo Madrid. Una mujer algo más joven parecía más a propósito para el caso. Supongo que el hecho de que se trate de una mujer mayor la que despierta afecto y respeto, hasta pasiones, por su buen hacer es algo deliberado. En todo caso, los personajes están tratados con mucho cariño.

Durante la lectura uno recuerda los cuentos que oía en su niñez porque el habla de finales del XIX no se ha perdido por completo todavía. Ve cómo evolucionan expresiones tales como “ponérselo entre pecho y espalda”, “cuando aún no existía la palabra cursi” (hoy casi ha dejado de existir otra vez), “la nata y flor”, “varilla mágica”, “la casa de fieras” (yo llegué a visitarla). Incluso señala la dicción errónea (pone en cursiva “yorando”) porque entonces se distinguía la pronunciación de la “ll” y de la “y”… justo como hacía mi abuela. Por eso la lectura provoca cierta nostalgia. No es como leer El Quijote en el que todo se nos queda muy atrás.

Y eso que Misericordia tiene bastante de El Quijote en esos diálogos entre señora y criada que lo remedan e incluso cuando se figura que Juliana podría haber estado al frente de una ínsula. Toma Galdós lo que más me gusta de Cervantes: los diálogos sabrosos. Años más tarde quizá Cándida, inmortal personaje radiofónico de Gomaespuma, tomó algo de aquí también.

En medio de todo, el autor narra con cierto humor que anima la lectura: “una vida social que tenía todas las variedades del libertinaje candoroso, de la elegancia pobre y de la tontería honrada”. Es ecléctico, en ocasiones mezcla diálogos con acotaciones casi de teatro y con narradores que se inmiscuyen en el cuento e incluso en los personajes. Incluso mezcla realidad (de la novela) con ficción (los milagros dentro de la novela) de una manera muy atractiva que provoca la curiosidad del lector. Todo ello hace una novela muy amena pese a que se trate de un ejercicio casi académico de hablas y situaciones míseras.

La edición de Cátedra, como suele, está llena de comentarios interesantes aunque en este caso también tiene bastante erratas. Pero el mejor escribano echa un borrón porque Galdós come con vinajeras…

*Clásicos

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