Qué ampulosa es mucha de la prosa famosa del XIX: “perversamente limpio por razones desconocidas”, “el lugar era impresionante pero parecía frío y recatado” ¿Realmente cabe pensar en algo tan “limpérrimo”? ¿No se trata más bien de apabullar con un vocabulario innecesario hasta el extremo de decir incoherencias como que algo es impresionante a la vez que recatado?
Sé que estas cuestiones son manías mías y que interesan a pocos lectores. Comento muchos de los libros que leo con otras personas y ninguna se interesa por las cosas lingüísticas. Las habrá, pero no he tenido la suerte de conocerlas aún. Tampoco se interesa mucha gente por las traducciones y en este caso creo que son una parte importante del problema: usar preposiciones que suman, acompañan, añaden, para unir cosas que resultan ser contrarias es un error. O poner frases del tipo “Por mi honor que debo.” o “¿Puedo mirar el suyo?” (refiriéndose a ver el jardín desde la ventana) o “Sólo desde una de estas ventanas, tan grandiosas como son aquí, si me deja abrir las persianas.” Tiene que ser una mala traducción de lo que en español se diría más bien “Por mi honor, debo tenerlo.” o ¿Puedo ver el suyo? o “Sólo desde una de estas ventanas tan grandiosas que tiene aquí…” Es curioso que una editorial que pretende cuidar tanto sus libros preste tan poca atención a las traducciones. Creo que todos los que he leído de estos ineludibles tienen problemas de traducción serios.
Recientemente, leyendo Cumbres Borrascosas, pensé lo mismo que al leer ahora a Henry James: la literatura de entonces adolece en muchas ocasiones de ser excesiva para los gustos de hoy. Y las traducciones deben agravar el problema por cuanto lo que en un idioma quizá suene algo recargado, mal traducido suena sencillamente mal. Es curioso que esos excesos tiendan a concentrarse en las primeras páginas, como si el autor necesitara justificar la gran obra que va a escribir tras ese despliegue de recursos. Luego afloja un poco y se da paso a la trama con algo más de ligereza que se agradece.
Los papeles de Aspern es otro de los indispensables de Navona y pasadas esas primeras páginas en mi opinión muy desgraciadas, la novela toma aire y podríamos decir que se hace etérea por lo sutil. Tanto la historia como la forma de contarla tienen algo de El cielo de Lima (o más bien al revés) en cuanto a que arrancan de una anécdota más o menos real y también en la cortesía con la que se desenvuelven los diálogos. Tras esos modales exquisitos de los que hacen gala los personajes hay un juego de fintas, de apuntar y esconder que alcanza también al lector. A éste se le evoca y sugiere todo sin acabar de concretar nada. Pero tampoco hace falta. Es una novela corta y agradable precisamente porque es fiel a esa sutileza hasta el final.
*Novela literaria
