Como suponía, al arrancar de una anécdota, en un primer momento la novela engancha con la comedia pero no esperaba que pudiera tener mucho más recorrido. Sin embargo, lo cierto es que la anécdota es también la excusa para seguir con muchas páginas atractivas y muy sugerentes. Lo que parecía difícil que pudiera seguir, avanza de tal manera que el lector se ve interesadísimo hasta el final. Incluso hasta si se sospecha el desenlace.
El mérito, a mi juicio, está en el narrador, no ya omnisciente sino casi divino, que lo mismo sabe de cuando transcurre la acción, a principios del SXX, que de nuestro SXXI. Que interpela al lector, le hace guiños y casi monologa con él haciéndole cómplice de lo que cuenta. Al poco de empezar el libro, ese narrador imagina tener que describir a los dos personajes principales en las diez palabras que caben en un telegrama. Efectivamente lo hace… y a continuación apostilla: “afortunadamente nadie nos pide que seamos tan breves” para continuar con casi trescientas páginas más. Justo entonces Juan Gómez Bárcena me ganó definitivamente para la causa de José y de Carlos.
Ese narrador, que lo sabe todo, no se explaya con las descripciones. Más bien son las acciones de los personajes quienes los van definiendo. Con ello exige del lector su propia interpretación, lo que da mucho que pensar: los sueños modelan a los soñadores hasta el extremo de no permitir que la realidad los estropee. “No somos nosotros los que escribimos las novelas, sino las novelas las que nos escriben a nosotros…” En este caso, que hay algo de novela dentro de otra novela, ya no sé si el autor conseguirá transformar a los lectores, incluso.
En El cielo de Lima mandan las ilusiones hasta que, por alguna razón, se deja de soñar. Tal vez porque los personajes maduran, tal vez porque se impone la realidad violentamente… el caballero abandona sus ideales y la prostituta, del SXX, olvida a la Pretty Woman del SXXI. Yo creo que al final Carlos se conforma con firmar sólo el haber jugado con pompas de jabón, el último verso, mientras José se atreve a firmar el poema completo.
Hasta entonces, hasta ese final, las reflexiones sobre el poder de las palabras y la pasión por crear una musa en el sentido más puro del término, más etéreo y a la vez más inspirador, son arrebatadoras. Y de fondo, una cuidada ambientación. Sin pretensiones históricas pero suficientemente verosímil. No da, no, para hacer una crítica del racismo ni de las clases sociales de la época. Tampoco para relacionar las visitadoras de Iquitos con las prostitutas de Lima, aunque esto ya sería más literario. Es algo más sencillo: el autor pone un marco para situar la ilusión que nos cuenta en algún contexto.
De todas maneras me parece que, incluso como contexto, quedan demasiados cabos sueltos de la trama principal: el movimiento obrero, la revolucionaria Elizabeth, la criada conformista, la homosexualidad de Carlota, sus lecturas anarquistas… Parece que sólo la rata puede disputar un poco el protagonismo a José y Carlos. A pesar de que el libro me ha encantado, yo creo que algo más habría podido caber bajo El cielo de Lima.
Curiosidad curiosa: En El cielo de Lima se cita precisamente el libro con el que yo estaba alternado su lectura. Y también a un tío bisabuelo mío.
PD. Me he enterado de que el cielo en Lima es siempre gris, tipo panza de burro.
*Novela literaria
