Las fiestas navideñas tienen estas sorpresas pero está bien aprovecharlas para ponerse uno al día de un autor tan prolífico. Curiosamente, otra novela de la guerra civil tras la de Trapiello, con la que guarda algunas semejanzas: críticas a la corrupción de ambos bandos (y no sólo a uno), constatación de las intervenciones extranjeras en los dos bandos (y no sólo en uno), condena a los asesinatos de los dos bandos, etc, etc, etc. Y los protagonistas de las dos novelas comparten el cinismo, que siempre es preferible al fanatismo, y la habilidad para los idiomas y las mujeres.
Con la excepción de la reciente Sidi, cuyo carácter algo histórico podía resultar diferente al resto de las novelas del Pérez Reverte, hacía mucho que no leía al autor pero no parece haber cambiado gran cosa. Los mismos diálogos vacíos, cortantes, a base de sentencias o epitafios, casi; personajes solitarios, impasibles, autocontenidos, aplastados por su pasado, cualquiera que sea; indiferencia o estoicismo ante la muerte; reiterativo en las miradas, en los cálculos y en los amaneceres…
Todos esos perdonavidas, esos entendimientos tan profundos que no necesitan de palabras para conectar y con los que el lector puede optar por emocionarse ante lo que imagina por su cuenta salvo cuando, harto, prefiere pasar la página sin más, toda esa indolencia podría disculparse ante una historia bien ambientada, que siempre describe el autor, y bien contada, que ya es otra cosa. Porque lo peor de Pérez Reverte es que sigue sin acabar las historias. Plantea bien una misión bajo pabellón falso en el Egeo, la acompaña de una baronesa infeliz con su marido con un pasado turbulento que promete, introduce unos marineros que apuntan maneras (el alcohólico que lo está dejando, el desertor holandés indisciplinado, unos hermanos libaneses), mete agregados y espías de cada bando en Estambul… y todo eso se queda en nada, desaparece por completo. Hasta la baronesa hace mutis siendo su historia incluso más interesante que la de las batallitas. ¿Se acabará suicidando, será asesinada por el barón, logrará escapar de la isla en la que ella es otra mujer medio dormida? Nada de eso concluye en nada. Lo de los torpedos acaba cuando tocaba y punto, se acabó el libro en menos de cuarenta páginas.
¿Pérez Reverte no sabe acabar los libros o es que piensa que sus descripciones y puesta en escena se bastan? Yo más bien creo lo primero porque si fuera lo segundo resultaría ridículo en un autor que admira, por ejemplo, a Dumas. En Los tres mosqueteros, tan evocado en sus novelas, no sólo hay un joven que se presenta a de Treville y se reta a duelo tres veces en media hora. Al final, Milady acaba muriendo, se deshacen los enredos del Cardenal y DÁrtagnan logra ser capitán de los mosqueteros. En La isla de la mujer dormida hasta los principales personajes quedan abandonados a su suerte y el protagonista simplemente sobrevive.
Las novelas de Pérez Reverte se quedan a medias, como hacen sus personajes con sus silencios: no es que ya esté todo dicho sino que enmascaran con suficiencia lo que no saben decir. Pero, a diferencia de esos tarugos, Pérez Reverte es buen escritor y sería capaz de enmendarse si alguien le hiciera ver que, como los toreros, hay que acabar con la espada por buena que sea la faena. Pero, claro, a ver cómo cala una crítica con la prepotencia que se nos gasta el amigo.
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Lenguaje:
Pérez Reverte siempre hace un esfuerzo por cuidar el lenguaje. Usa palabras adecuadas, en este caso muchas náuticas pero también otras que se están perdiendo (quién se pone hoy una trinchera) y que es un gusto recuperar. Fiel a sus invectivas (que comparto) pone las tildes diacríticas y no comete errores, fuera de que resulta un poco reiterativo, por lo que es agradable de leer. Tan pronto como al érase una vez sepa ponerle el colorín colorado, será estupendo.
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Verde/*Novela
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