Una novela ambientada en el Madrid de la postguerra que se lee bien pero que, como Los amigos del crimen perfecto, tampoco pasa de entretenida. Ni la trama de espías ni los personajes y sus amores llegan a calar demasiado y tampoco la prosa es especialmente afortunada porque, o se pasa o no llega… pero eso lo comentaré después. Pero, con todo, el libro tiene su interés por tres razones:
Tiene mucho de crónica por unos asesinatos en Cuatro Caminos que el autor ha estudiado (tiene otro libro sobre ellos) y que pone como fondo de la novela. A ello se suma un narrador que se alterna tanto con dicha crónica como con los diálogos de los personajes de una manera curiosa y que hace la novela muy amena. (El inciso acerca del usted de la página 60 es estupendo). A cambio, ya comenté una vez que si bien es cierto que de Madrid es cualquiera que viva allí, los entendidos en Madrid son muchos menos porque para serlo suelen ser necesarios los abuelos.
También la mezcla de sucesos reales con la ficción resulta atractiva y lo mismo sucede con el cuadro que plasma del Madrid de la época en donde lo mismo describe los suburbios y los bajos fondos como las comisarías o las puestas de largo de las jóvenes casaderas. De hecho, diría que trata de abarcar en exceso (llega con detalle hasta a las monterías de Franco) porque resultando interesante, la novela se desdibuja en entornos tan variados.
Por último, el autor es valiente y no esconde juicios muy duros tanto para quienes “no supieron ganar la guerra” como para quienes “tampoco la supieron perder”. El protagonista, revolucionario del 1934, llega a afirmar que sin ese octubre del 34 tal vez no habría habido julio del 36. Y aunque evidentemente es una exageración, al menos no elude su responsabilidad. Trapiello se atreve a criticar a ídolos de la época como Picasso (por advenedizo) dice de Jose Antonio que era buena persona (eso no está reñido con otras cuestiones), cambia el antifascismo por una guerra fascismo contra comunismo, cuestiona la democracia estadounidense… Críticas acerbas para los protagonistas de entonces, para las interpretaciones posteriores y, lo que es peor, con evidente proyección a nuestros días: “A sus masas hay que darles una esperanza: sin guerra civil no son nada”. Y es que Trapiello no es el primero que se cae del caballo y se ha desengañado de quienes debieran representarle hoy. Pero sí es de los pocos que, partiendo de sus orígenes, ha sido capaz de desembarazarse de tantos años de propaganda victimista y cuestionar también un pasado inventado precisamente por esos que necesitan seguir rememorándolo para buscar votos casi un siglo después.
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Lenguaje:
Creo que, de la misma manera que decía que la novela se perdía entre tantos escenarios de la época y habría debido abarcar menos, algo así le sucede con la prosa: alterna decisiones conscientes (usar minúsculas en las abreviaturas, escribir como se habla “callao”, “jol” por “hall”) con errores importantes (“Lo circulamos para cubrir nuestras fuentes”, “Madrid estaba infectado de policías”, “luz cenital del techo” “hablaba como un libro, sin desalentarse ni titubeos e imprecisiones”, “le habían vandalizado la cerradura”). Abusa del verbo “reparar” que no necesariamente ha de ser algo negativo (Almudena Grandes abusaba de los adjetivos “exacto y preciso” aunque ella sí tenía abuelos madrileños) pero que sumado a otras reiteraciones sí pasa a serlo: el recurso de calificar los colores con otras cualidades, (color olvido, color hombre, color desamparado) es de dudosa eficacia… empleado una vez. Pero repetido muchas veces, molesta por artificial. En el intento de hacer una prosa evocadora es preferible quedarse corto porque los errores (“casas apoyadas sin resuello”) malogran todo el esfuerzo.
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Verde/*Novela
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