No sabría decir si El huerto de Emerson se trata de un libro de artículos, de sucedidos, de ideas sueltas o qué es exactamente. Quizá sea el libro que un gran escritor puede permitirse cuando no le sale otra cosa. Aunque Landero escribe estupendamente, aquí parece que estuviera un tanto perdido. En algunos capítulos nos encontramos ante un manual para escritores en donde explica cosas muy interesantes, tales como que la inspiración viene casi siempre por el lado de lo concreto o que hay que confiar más en la escritura que en el argumento, aunque hagan falta buenos argumentos. Se echa en falta un buen argumento o, cuando menos, un hilo conductor de lo que cuenta que yo no he sabido encontrar. Uno lee, lee a gusto, pero pierde el hilo, no sabe adónde va y cuando acaba ve que no ha llegado. Landero habla de escritura, de libros, de vivencias, supongo que algunas inventadas y otras más reales, pero lo hace como aconseja al principio: arrancando de una frase y dejando volar la pluma. Tiene una interesante oración a la musa de la literatura, una especie de camino de Santiago de escritor gracioso, eso de que no trabaja el mejillón pequeño… Pero siendo todo ello sugerente, no es suficiente. Sí, hay que tener gusto por la palabra precisa, hay que fluir… pero no basta. Quizá en el Diario de invierno le bastó, pero ya no.
Yo imagino que quienes acuden a talleres literarios (hoy todo son talleres aunque no haya en muchos ni un tornillo, igual que todo el mundo estudia ingeniería de algo, o es arquitecto de algo, aunque la mayoría apenas estudien matemáticas en la universidad), quienes van a esos cursos de literatura, decía, se sentirán frustrados al recibir consejos tan etéreos, como “libera tu imaginación”, y no consigan ni que les editen un texto. Por más que intentemos objetivar la producción artística, en ella hay algo más que no podemos encajar en normas. Todos esos consejos están bien, no son falsos, pero hay muchas más reglas que, además, son contradictorias con los primeros (“sé concreto”, “ten un buen argumento”) y que evidencian que hay un duende evanescente, que no siempre nos acompaña y que es imprescindible. Para quien que se ve acompañado por el duende es fácil decir, déjate llevar (por él) pero quien está solo no siente que nada tire de él ni le lleve a parte alguna.
En El peligro de estar cuerda, Rosa Montero también recomienda dejar vagar el dedo por el teclado pero uno ve que detrás hay un minuciosísimo trabajo de documentación y una idea clara que expresar a través de un camino de razonamientos. En arquitectura eso es coherencia, organización del espacio, el trabajo que acompaña al duende. Y en un huerto serían caballones alineados y hortalizas en una composición de colores, como hacía La joven de la perla al disponerlas sobre los platos. En el de Emerson, los buenos tomates están mezclados con estupendas calabazas así, sin más.
