Guardaba un recuerdo muy vago de cuando leí Una comedia ligera en los 90. Sabía que entonces no me entusiasmó pero entre la reciente notoriedad de Eduardo Mendoza, la sugerente portada y que en estos treinta años he cambiado mucho y posiblemente aprecio ahora mejor lo que parecía ser una novela tranquila, decidí probar de nuevo.
Lo primero que destaca es que los diálogos estén inmersos en los párrafos, sin guiones que los destaquen y separen remedando una conversación. Me encanta esa manera de narrar porque tengo una especial aversión a las interrupciones del texto y, en particular, a los signos de puntuación. Los comprendo necesarios pero reconozco que me molesta lo que tienen de interrupción. En El camino hay una profusión de comas tremenda. Las andanzas de El Mochuelo me gustan muchísimo pero sé que debo acostumbrarme a esa manera “tan perfecta” de narrar, tan opuesta a la de Ensayo sobre la ceguera, por ejemplo. Como decía Millán, los signos de puntuación evitan tener que volver atrás por no haber encaminado bien la lectura de una oración. Cuando faltan, los signos de puntuación son imprescindibles pero cuando sobran, molestan. El equilibrio perfecto no se da en el libro sino en la conexión que a veces se produce entre autor y lector, singulares ambos, que permiten una lectura fluida. Esa conexión no es estable, ni segura, no puede asegurarse que se produzca siempre incluso entre los mismos protagonistas… Es la magia de la literatura. Los libros que elevo al olimpo naranja son los que han logrado esa magia, a veces de manera circunstancial nada más. Y cuando son muchos lectores los que experimentan parte de esa magia, se premia al autor, como es el caso.
Decía que me gusta mucho la narración con los diálogos incorporados a ella y me gusta también mucho su tono tranquilo, el riquísimo vocabulario, no siempre de diccionario pero certero hasta cuando desconocemos la palabra concreta y la suponemos por el contexto. Mendoza se atreve a usar diversos lenguajes adaptados a la procedencia de sus personajes, quizá no de una manera tan científica como parecía hacerlo Galdós, pero muy expresiva. El discurso del chantajista gitano es una maravilla pero también el atildamiento, la pomposidad y la vacuidad de los señoritos y el chalaneo de las gentes de baja estofa. Muchos personajes hablan mal, o raro, o no pronuncian, o trabucan las palabras tratando de epatar a sus interlocutores… Con ello el autor va más allá de la novela policiaca que se anticipa en la contraportada y se adentra algo en la situación social de la época, la postguerra, con apariciones del somatén, es estraperlo, clasismo y, en general, un retrato de cómo de diferentes podían ser las vidas de unos y otros en la Barcelona de 1948… sin olvidar de pasada al Palace de Madrid o a las yemas de S. Leandro de Sevilla.
Una comedia ligera, cuyo trasunto están preparando varios de los protagonistas para su estreno en la novela, es deliciosa de empezar y mantiene el interés en más de la mitad de sus páginas con todo lo anterior y con la intriga de quién será el asesinado. Tiene además el añadido de la ironía evidente, con nombres como Marchuli o Verdugones, referencias de que estamos Sin noticias de Krupp porque nada se sabe del empresario alemán juzgado en Nuremberg como otros de los que trataba El orden del día… y la ironía discreta que surge de pequeños comentarios como que se padece una leve ceguera total, de mandar a todos a la playa para que las criadas puedan arreglar la casa, o de despreocuparse por los zapatos que el limpia dejará luego como nuevos.
Sin embargo… cuando se produce el crimen empieza el declive. La trama detectivesca se sostiene mal, es confusa y conforme se hace más trepidante empeora. Al abandonar el porche soleado con vistas al mar y la molicie del verano entregado a lo que venga, vecinas de riesgo o subordinadas fáciles, la novela pierde mucho y aunque trata de enmendarse un poco a modo de epílogo con el final del verano y el principio de una nueva vida, no logra remontar del todo.
Eduardo Mendoza es un gran autor al que, en mi opinión, le sobran complicaciones en sus tramas para que simplemente fueran un ingrediente más de su magnífica prosa. O, tal vez, debiera elaborar esas tramas mucho más para ponerlas a la altura de todo lo que es capaz de describir con tanto acierto.
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Verde/*Novela
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