Perdón imposible

José Antonio Millán

Guillermo del Campo
Fecha: 24 de marzo de 2022
Categoría: Pretextos, Sin categoría

Es un libro agradable, sencillo, sin mayores pretensiones como explica el autor, que se lee muy bien y mueve a la reflexión acerca de cómo puntuamos los textos. Quizá se queda un poco corto pero mejor eso que lo contrario, sin duda.

Se van desglosando todos los signos de puntuación uno por uno y poniendo numerosos ejemplos de modo que en un momento dado el libro también puede usarse de guía.

Me ha hecho recordar que tengo abandonado al punto y coma, que debo decidir si uso cursiva o comillas… También me he reafirmado en mi frecuente preferencia a no usar la apertura de la interrogación. Suena raro, verdad? Pero no es por influencias del inglés en absoluto (de hecho, a diferencia del autor, yo sigo leyendo tebeos y no cómics). Es porque, como en la pregunta anterior, a veces el énfasis ascendente se sitúa sólo en la última sílaba y no quiero cortar la frase con un signo tan grande como el de la pregunta. No es lo mismo «¡Qué viene el lobo!», cuyo énfasis aparece desde el principio, que decir «la verdad es que esto del lobo está acabando por resultar cansado, verdad?» Prefiero comenzar con una coma y no interrumpir la frase. Y como tengo ínfulas de escritor me siento con derecho a puntuar como mejor me parezca mis textos que, como dice el libro, es más un arte que una regla. Sí, la moda de seguir al inglés me ayuda en esto porque no choca tanto mi omisión. Me permite adelantarme así al que lee para que no se plantee hipótesis que resulten fallidas y la lectura resulte fluida, otra de las recomendaciones de Perdón imposible. Como bien dijo Borges, los vanguardistas debieran haberse inventado nuevos signos de puntuación al servicio del lenguaje mejor que pretender abolirlos. Yo, sin llegar a tanto, procuro usarlos con algo de cuidado aunque está claro que tengo mucho que mejorar.

Sobre las comas, como dice el autor, su principal función es permitir que no sea necesario volver atrás para releer lo que se comenzó leyendo de una manera y acaba resultando ser de otra. Y me doy cuenta de que yo pongo pocas porque, si bien la frase puedo haberla construido correctamente sin ellas, a veces eso no se percibe con seguridad hasta que uno la acaba. Y hasta entonces el lector puede haber tomado una dirección equivocada, que una coma a tiempo le habría impedido tomar. Pese a todo, no creo que deban ponerse comas allí donde una palabra hace su función inequívocamente. En concreto, las conjunciones. Éstas son para unir pero no mediante una soldadura que tape la junta sino, al contrario, marcándola bien con unos remaches. No es necesario, pues, señalar más la unión antes de “y” (como hacen los ingleses), “pero” (como exigen los lingüistas), etc. El exceso de comas interrumpe demasiado la lectura y si tener que releer es mala cosa, una lectura a golpes también lo es. Años luz, de James Salter, es un ejemplo de exceso de comas que no aportan nada más que confusión.

José Antonio Millán escribe en español, lo que es muy de agradecer, sabe de avatares (y no de iconitos) y quizá le falte algo en matemáticas pero ciertamente es muy recomendable.

*Saber

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