Escribir una novela con formato de crónica es limitar mucho las posibilidades narrativas y no todo el mundo sabe hacerlo bien. Crónica de una muerte anunciada o La familia de Pascual Duarte pueden ser libros con los que Un plan sangriento guarda cierta similitud… pero de los que se queda a años luz.
Y es que Graeme Macrae Burnet se lo pone quizá especialmente complicado al introducir varios memorándums completamente irrelevantes para la historia en el afán de que parezca una investigación lo que no es más que el relato en primera persona de un chaval en circunstancias difíciles y dudosa estabilidad psíquica (otra vez). A ello acompaña una crónica del juicio posterior que quizá sea lo más logrado del libro. Lo demás, sobra. Y aun lo que no sobra, interesa poco.
Cuando se adelanta el desenlace de una historia al principio de la misma tiene que haber algo más que añadir a lo largo de las páginas siguientes. En el caso del Plan sangriento no hay nada en sus casi cuatrocientas páginas que no sepamos desde las primeras veinte. Otra vez, no es quien cuenta las cosas, en este caso fundamentalmente el reo, quien da valor al relato sino la forma de contarlo. Y aunque es completamente inverosímil que esa redacción pueda provenir de un individuo de tan escasísima cultura como el asesino, ni siquiera así llega a ser particularmente agradable de leer además de resultar muy monótona.
El ardid de que parezca real la historia, narrada por un descendiente que encuentra un manuscrito y se pone a investigar, del mismo tipo lamentable de Caballo de Troya, con notas a pie de página que forman parte del invento, etc. aún desmerece más la novela.
Tal vez el mérito radique en lo que tenga de documental de las tierras altas escocesas a finales del XIX pero tampoco creo que aporte gran cosa ni, por supuesto, eso basta para armar una novela. Para eso, mil veces mejor el Canción del ocaso.
Se salva la traducción, que me parece buena aunque con el problema de algunas palabras demasiado específicas que resultan extrañas. “Trabe” por viga, “humazo” como sustantivo frecuente, “desbeber”… expresiones extrañas que quizá no provengan de la traducción sino del deseo del autor de introducir con ellas un cierto aire del pasado. Tal vez por eso aparezca un forzadísimo e inútil glosario en medio de las páginas. Cuando uno lee escritos de la época no encuentra palabras tan forzadas en absoluto. Por otra parte en el texto aparecen otras que resultan demasiado actuales (“presencia policial”) que echan por tierra la pretensión arcaizante. Pero, volviendo a la traducción, es fluida y no chirría en absoluto, que no es poco.
Claro que si lo mejor de un libro es su traducción…
*Novela literaria
