Sin duda Juan Manuel Gil tiene una manera original de contar las cosas. Mezcla la al escritor con el narrador, la literatura y la metaliteratura, lo autobiográfico con la ficción… Y desde el principio se hace interesante, la verdad. Trigo limpio va y viene pero con la gracia de quien te está contando algo directamente, de una manera muy real. Ese realismo, no obstante, me parece un cierto lastre cuando los diálogos se alargan. Es verdad que muchos diálogos de chavales se producen como de besugos, se ve muy bien en algunas películas (Barrio, por ejemplo), pero leídos pueden llegar a hacerse pesados por muy reales que sean.
Pese a que medio libro se lee con avidez, esperando ver a dónde va a parar tanta incertidumbre reflexiva, conforme van quedando menos páginas uno empieza a sospechar que todo va a quedar ahí y que no va a haber mucho más. Y efectivamente es lo que sucede. Una lástima, porque creo que tenía mimbres de sobra para haber dado con una historia de más enjundia que algo tan doméstico (por doloroso que sea).
Hay algo que me gustó especialmente: de vez en cuando hay alguna frase que suena de una manera especial. La primera vez, no le di importancia. La segunda, cuando habla de la heroica ciudad, no tuve dudas de que remedaba a Clarín. Y caí entonces en que la frase anterior me había recordado a Pascual Duarte. Más adelante encontré la primera frase de El Camino. Al acabar el libro me enteré de que aún había otras cinco citas que ya se me habían escapado. Y que esas citas respondían tanto a la metaliteratura como a la literatura y como a la historia que está contando. Me pareció un alarde muy sugerente, la verdad.
*Novela
