Quizá porque he leído Pedro Páramo tan tarde la he captado mucho mejor. Su desorden recuerda mucho a Rayuela, escrita ocho años después, y su narrativa, en la que toman parte hasta los muertos, a Cien años de soledad, para los que pasaron doce años desde la novela de Juan Rulfo. «El padre Rentería se acordaría muchos años después de la noche en que la dureza de su cama lo tuvo despierto y después lo obligó a salir.» Al leer eso no puede uno menos que evocar los recuerdos del coronel Aureliano Buendía frente el pelotón de fusilamiento.
La novela cuenta de un pueblo, Comala, usando una estructura novedosa: hay capítulos que cuenta Juan Preciado, que se presenta allí cuando se ha convertido en una especie de ciudad fantasma, y otros capítulos que cuentan lo que fue cuando Pedro Páramo era el cacique local. Si uno no está avisado, cuesta un poco situarse en cada cambio de narrador. Por otra parte, no cuenta nada apasionante, es más la forma de hacerlo lo que da interés a la novela. Tengo la sensación de que el modelo narrativo de Comala alcanzó su cénit en Macondo y navegó por las aguas seguras de Santiago Nasar, Esteban Trueba o Fermina Daza, una vez explorados los oscuros confines del Patriarca.
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Verde/*Novela
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