Por estos días hará un año que eché una partida a este juego de mesa. Sorprendidos por un confinamiento repentino y duro, no se podía ni salir a trabajar, en casa optamos por sentarnos cada tarde con un juego de mesa y elegimos este de Matt Leacock para empezar. Se trata de un juego cooperativo, todos los jugadores participan en equipo y ganan o pierden en conjunto, de temática obvia y extraordinariamente actual, que es lo que motiva esta entrada.
Al jugar a Pandemic uno ve dos cosas: la primera, que es muy difícil ganar (derrotar a la pandemia) y la segunda, que sus únicas posibilidades pasan por atajarla muy al principio, cuando los contagios son incipientes. En cuanto el crecimiento exponencial pasa de los primeros casos hay poco que hacer.
Sin embargo, aquí estamos los ciudadanos, liderados por los gobiernos, comprometidos en “doblegar la curva” del coronavirus. Se ponen en marcha medidas de lo más diverso, contradictorio y absurdo y seguimos el juego porque preferimos la ficción de creer que hacemos algo a aceptar la dura realidad consistente en que la pandemia pasará con el tiempo. Y gracias porque no hay mal que cien años dure.
Existe un error generalizado que consiste en extrapolar lo individual al conjunto de la sociedad. Naturalmente un individuo puede adoptar precauciones extremas y evitar así cualquier contagio. Pero esa eficacia disminuye conforme aumenta el número de quienes adoptan medidas extraordinarias. Lo que todos entendemos posible a nivel individual es completamente imposible a nivel de población. Quizá por eso esta pandemia está siguiendo los patrones de olas y contagios de la de 1918, porque entonces podíamos poco y ahora, aunque queramos convencernos de lo contrario, lo mismo.
¿Responsabilidad o superstición?
Por supuesto que algunas medidas tienen alguna utilidad pero es conmovedora la fe que tiene tanta gente en ellas a pesar de que la realidad las pone en ridículo una y otra vez. De la misma manera que ante las pertinaces sequías las tribus acudían a su hechicero o a las rogativas, ahora seguimos a nuestros gobiernos con la misma fe. Entonces, cuando a pesar de todas las danzas no llovía, se achacaba al escéptico, tal vez el médico del pueblo, que por descreído atraía los males. Y cuando llovía, porque al final siempre llueve, los rezos habían tenido éxito. Para los que bailaban en torno a la hoguera el razonamiento era tan indiscutible como para los que hoy achacan la tercera ola del coronavirus del pasado Enero a las navidades de seis (¡seis!) personas.
No les importa que la ola de Noviembre no estuviera precedida de navidades ni que los datos de Febrero mejoraran mucho a pesar de que se permitiera la apertura de los bares o de que se celebraron elecciones en Cataluña. No les importa que otros países (o comunidades autónomas) hayan adoptado muy diferentes medidas, a veces mucho más duras, a veces mucho más laxas… y la situación de todos sea parecida. Entre Madrid, que no ha cerrado los bares, y Andalucía que lleva cerrando a las 18.00 desde Octubre, no hay diferencias significativas en los contagios ni en los muertos. Pero cada uno encuentra siempre algo con lo que defender sus supersticiones. Hoy, con datos equiparables a los de verano, seguimos en estado de alarma y con enormes restricciones con el beneplácito de muchos pese a la ruina de otros. Los convencidos nos dirán que todo esto es porque no se siguen desinfectando calzadas y aceras.
Hoy en día ya no adoramos a un poste de madera, los hemos cambiado por los Números. Y con la misma fe ciega, nos permitimos despreciar aquello que la realidad desmiente. Creemos en los números a pesar de que los datos que se ofrezcan sean falsos, contradictorios, incompletos, ininteligibles… son números y basta. Aunque vengan de un comité de expertos inexistente. Aunque los gobiernos los usen para asustarnos en su beneficio. El ardid de amenazar al país con enemigos para someterlo es viejo. Sólo así, por el miedo, se explica que hayamos aceptado un estado de alarma de más de seis meses sin control.
Merecemos un gobierno que nos mienta
Sí, porque cuando nos mintió con unos “hilillos” de petróleo o con unos “brotes verdes” carecíamos de medios para constatarlo. Pero la información del coronavirus es tan caótica, mentirosa y deliberadamente confusa que si la seguimos ciegamente es porque preferimos comportarnos como avestruces y escondernos tras la mascarilla. Si hay un dato importante para valorar todo lo que sucede es el del número de camas de UCI libres en comparación con las que hubiera en años normales por las mismas fechas. Sin embargo ese dato no se ha facilitado nunca. Se habla de porcentajes (que no es comparable con otros años puesto que a partir de Marzo se crearon muchas camas nuevas) y siempre sin dar los datos de otros años. Quizá porque a lo mejor alguien se da cuenta de que se está manipulando a la población para asustarla, para crearle un problema del que luego nos salvarán los mismos que lo han creado, para tapar otras cosas, para apuntarse el tanto de resurgir de la economía, (que sin duda vendrá porque tras la tempestad siempre, siempre, viene la calma)… qué sé yo. Pero está claro que aceptamos con gusto el engaño por burdo que sea.
Para muchos, seguir recomendaciones ridículas tales como no reunirse con sus padres y hermanos pero sí poder asistir a mítines y manifestaciones es una mera cuestión de civismo. Las normas están para ser cumplidas y punto. Qué pena que se haya perdido ya aquello de “prohibido prohibir” y nos hayamos vuelto de goma; todo nos rebota y carecemos del menor espíritu crítico. No sólo hemos perdido el valor para transgredir las normas injustas sino que, además, formamos ya parte del sistema represor de Orwell de 1984: no hace falta policía, la gente normal se basta para acusarte de haber ido a entrenar en bicicleta cruzando la línea del término municipal en algún tramo. Hoy la calidad de la mascarilla distingue a los adeptos de los disidentes.
¿Qué se esconde detrás de la mascarilla?
Mucha gente está contenta con ella. Hay incluso quien confía en que haya venido para quedarse. Constantemente hay personas que regañan a otras por llevarla mal, por no hacer deporte con ella o por quitársela en lo alto de una montaña solitaria. Un efecto del coronavirus es que cualquiera, analfabeto o leído, se cree con derecho a dar lecciones a los demás sobre tal o cual medida. Por supuesto que todos, sin excepción, incumplen lo que no les gusta pero, quizá por eso, la intransigencia y el egoísmo campa por sus respetos vestida de civismo y solidaridad. Ya tenemos hasta la mascarilla solidaria, que es aquella que se ponen los vacunados no por imposición normativa sino “por solidaridad”. ¿Llegaremos a ver el paracetamol solidario?
Detrás de la mascarilla hay miedo, sin duda. Pero hay mucho más. Hay egoísmo e individualismo. Cada vez somos más reacios a relacionarnos con nuestros vecinos. La asepsia llega a extremos insospechados. Cada vez estamos más a gusto en burbujas estancas y teniendo Netflix, hasta quedarnos en casa encerrados puede resultar tentador. Por supuesto siempre habrá quien tenga que sudar, quien tenga que viajar apretado en Metro… Esas porquerías son cosa de simples seres humanos. Está bien visto evitarlas tanto como sea posible. La comida está cada vez más envasada y más insípida. Los mercados, antros de promiscuidad, están en peligro de extinción siguiendo los pasos de merenderos cutres y bares astrosos. La pandemia ha dado alas a todo esto que se venía larvando desde hace mucho. Cuando hace años se supo que una actriz desinfectaba su asiento del avión fue criticada. En adelante será imitada. Algunos se preocupan tanto de no morir que se olvidan hasta de vivir.
Conozco a una niña de doce años cuyo padre, persona de riesgo, no le permite salir a la calle desde hace un año ni para ir al colegio. A cualquier chaval que falte una semana a clase le irán a buscar los servicios sociales y si hiciera eso un inmigrante machista, estaría en la cárcel. Sin embargo a esta pobre Rapunzel, aunque está presa del egoísmo de su padre, no la rescata nadie. El coronavirus sirve de escudo para las mayores barbaridades tanto de gobiernos como de ciudadanos.
Yo no quiero morir prematuramente pero en los próximos años quiero ver las caras de las personas que me cruce o que me atiendan en un bar aunque de vez en cuando me coja algún catarro o gripe. Y no querría que nadie me mire con desconfianza si en un alarde de espontaneidad doy una palmada en el hombro sin guantes. Pero me temo que son tantos los que opinan lo contrario que me voy a encontrar muy solo.
Como decía, Pandemic es un magnífico juego de mesa, de rabiosa actualidad.
*Pretextos
