Decidí releer 1984 de Orwell y A brave new world (Un mundo feliz) de Huxley agobiado por los efectos de la pandemia. Por lo general prefiero novelas más literarias en las que el peso del libro recae más sobre el lenguaje que sobre la imaginación de los autores. Leí estas dos novelas en los ochenta y recordaba de ellas que avisaban de los peligros de los totalitarismos pero con el tiempo había mezclado cosas de ambas e incluso añadido algunas otras por su cuenta. De esta relectura saco que, de las dos, prefiero con mucho 1984 y que debería leer a Shakespeare. También veo fuertes paralelismos con lo que vivimos ahora, que es por lo que las he vuelto a coger.
Es cierto que, de alguna manera, el comunismo y sus peligros de los años cuarenta pasados parece que ya no existen pese a que haya quien se empeñe en resucitarlos. Pero eso no significa que hayan pasado el resto de los riesgos que se ponen de manifiesto en estas dos novelas: la pescadilla que se muerde la cola del consumismo y la economía, la búsqueda de la felicidad por sí misma pretendiendo que puede alcanzarse sin esfuerzo, la manipulación constante del lenguaje o la reinterpretación de la Historia. En realidad son los mismos peligros con nombres diferentes.
Winston, en 1984, reescribe los artículos que ayer predecían lo que luego dejó de interesar. Nosotros vemos a diario cómo se afirma que no subirán los impuestos o que nunca se pactará con el independentismo para hacer inmediatamente lo contrario. Pero si nosotros no tenemos a Winston borrando la hemeroteca es porque no nos hace falta. Nadie la lee y si se la recuerdan, tampoco importa. Lo consideran parte de la mediocridad de la clase política sin ver que es un mal que nos aqueja a todos como sociedad, no sólo a los políticos. El hecho de que quien el año pasado, pretendiendo hablar como médico, dijo que las mascarillas eran contraproducentes y, que el mismo, un año después, obligue a llevarlas hasta en excursiones solitarias a lo alto de montañas, no le cueste la destitución ni que se le pida la dimisión, refleja lo extendidísimo que está el mal.
A cualquiera sorprende que Winston tenga que corregir las cifras de producción para adaptarlas a la nueva realidad de cada momento y sin embargo a nadie llama la atención que Sanidad dé los datos de contagios de forma que no se pueda trabajar con ellos ni compararlos. No necesitan a Winston para corregirlos porque son directamente inútiles. Así se puede mantener una cifra de muertos inventada, o que nunca existió ese comité de expertos que avalaba medidas tales como cerrar los mismos colegios que hoy, en cambio, se mantienen abiertos. La existencia de Winston en 1984 demuestra que su mundo era mucho menos perfecto que el nuestro.
El libro de Orwell tiene un apéndice acerca de la «nuevalengua», poco adecuado para una novela pero muy ilustrativo de la importancia de las palabras, que hoy también vemos a diario: crecimiento negativo, nueva normalidad, subnormal-deficiente-minusválido-discapacitado, interrupción del embarazo… El Gran Hermano vela por ti dicen en 1984. Rádar de la DGT, por tu seguridad, podemos leer hoy.
Siendo todo terrible, lo más inquietante es lo que sostiene el sistema de 1984: los individuos que no hacen preguntas, la ausencia de vida social plena, las leyes que no necesitan escribirse para ser acatadas,… ¿Suena? La crisis que en la novela justifica un esfuerzo más y hoy, para nosotros, justifica un estado de alarma eterno y escaso de control… Lo que abruma de 1984, y de 2021, es la imposición aceptada por la masa que a su vez vela por imponerla a los vecinos discrepantes. La verdadera opresión es la de la gente entre sí misma, convencida de que la comunidad está por encima de cualquier cosa. La invocación del bien común, a costa de la individualidad, llevada al extremo. La misma opresión que hoy nos obliga a llevar mascarilla por la calle, o no permite jugar al tenis. Lo que agobia en 1984, y hoy, son los miles de ciudadanos que se sienten bien imponiendo a los demás su común visión del civismo apoyándose en grandilocuentes máximas que evitan todo pensamiento crítico y aplastando a quienes se atrevan a discrepar en lo más mínimo. La gente que cobra todos los meses vaya o no a trabajar y que pontifica sobre lo que nos tenemos merecido y sobre las bombas víricas que son las terrazas o los teatros. Son los mismos que hace diez años afirmaban que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades y los mismos que aceptan sumisamente, no ya los males que nos vienen sino la responsabilidad de los mismos.
Me agobia la gente que me mira mal cuando me la cruzo por el campo o me atrevo a cuestionar si es bueno que pase tanto tiempo sin visitar a mis padres. Ésa es la dictadura perfecta. Ésta.
Una digresión de la que no estoy muy seguro pero que me parece interesante: “Big Brother” se tradujo inicialmente como “Hermano Mayor” pero ha acabado traduciéndose como “Gran Hermano”. Tal vez aquí tengamos un concepto para el que Orwell no encontró en inglés un sintagma mejor que sí hemos encontrado en español pasando por la traducción.
Y otra más: el sexo está tratado de forma opuesta en ambas novelas. En una se promueve la abstinencia y en la otra la promiscuidad. Se trate como se trate, no deja de ser esperanzador que algo tan humano y poco civilizado como el sexo sea tan importante hasta en las dictaduras. Quizá por ahí podamos salvarnos.
*Pretextos
