Las primeras páginas me desencantaron bastante: otro montón de sentencias grandilocuentes y dramáticas. La mayoría admitimos que a Stallone no hay que interpretarle las miradas o su boca torcida y que si no dice más es porque no lo hay, no porque no sepamos entenderlo. Con algunas obras artísticas pasa que a fuerza de querer entenderlas nos tenemos que inventar lo que el artista en realidad no puso nunca.
Pero bueno, tras esta digresión he de reconocer que Ordesa me acabó enganchando con una prosa poética muy de andar por casa. Cierto que eludía pararme a reflexionar lo que me parecían sandeces pero había cosas que sí me llegaban. El tema tampoco es que me entusiasmara, la muerte en sus diversas perspectivas, pero el autor va desgranando pequeñas vivencias con las que es fácil identificarse: adoro el aceite de oliva y, como él me he pasado media vida en combate con la comida. Yo también esquiaba, procuro aparcar a la sombra y mi madre también me tiraba los tebeos. Ah, y me gusta que escriba y hable en español.
El libro es una especie de reflexión consecuencia del desamparo ante la muerte de los padres, de los cincuenta años bien cumplidos, de las dificultades económicas, de un divorcio… escrito con una falta de pudor que sorprende. Es triste pero fuerte. A veces comenta fotografías y me recuerda a un periodista que lo hacía magistralmente y al que dejé de leer por su sectarismo.
Pero en todo caso al libro le falta un final que dé sentido o recoja todas las páginas anteriores. Creía que el título encerraba esa clave que se acabaría desvelando pero o no es así o yo no la encontré. Tiene 157 capítulos como podía tener 237 o 65. Auster, en 4.3.2.1, consigue reagrupar tanta historia diversa con el final y creo que es lo que remata y hace del libro algo memorable. En Ordesa, de Manuel Vila, se echa de menos un final para acabar de salvarlo.
*Sucedido
