Libro típico de periodista, en la buena tradición de Lapierre y Collins, que cuenta los años del terrorismo de Irlanda a base, fundamentalmente, de testimonios y anécdotas. Eso tiende a ser poco riguroso pero tiene la ventaja importante de resultar ameno. En realidad, esta forma de contar las cosas no es mala si el autor es serio. Aquí yo diría que Patrick Radden Keefe lo es, aunque carezco de referencias para asegurarlo.
El libro trata de mostrar varios puntos de vista sin por ello resultar equidistante (aunque tampoco puede decirse que haya una condena taxativa al IRA). Más allá del juicio general, es cierto que hay muchos puntos de vista en todo problema de este tipo y que no es malo verlos. Cabe pensar, como dijo Clemenceau al acabar la IWW, que diga lo que diga la Historia, ésta nunca afirmará que Bélgica invadió Alemania. Como también escribí de Patria, creo que nadie dudará a la hora de señalar a los asesinos. Cuando secuestras matas y entierras a una viuda con diez hijos pequeños, no cabe la menor duda.
Pero el libro da para pensar más cosas y ahí radica en mi opinión lo más interesante: Primero, que hasta los más cínicos, mentirosos y aprovechados son a veces necesarios. Eso son a fin de cuentas los políticos. Los de ahora y los de siempre. Lo esencial de la política es eso y es necesaria porque muchas veces no hay otra salida que los chanchullos de los que sólo ellos son capaces. Las sociedades los necesitan por reprochable que sea su conducta. No son lo único necesario, por supuesto, pero hacen falta. Los acuerdos del Viernes Santo son un ejemplo y sin ellos, y sin quienes los urdieron a costa de traiciones sin cuento, seguiría habiendo muertos por las calles.
Segundo, cuando uno se salta los más elementales principios morales al servicio de una buena causa, se mete en un callejón sin salida. Porque si se mantiene que el fin justifica los medios no tendrá sentido parar hasta conseguirlo. Y si ese fin se demora, uno no puede parar aunque vea que los medios no están conduciendo a nada. Podríamos decir, como mucho, que el fin sólo podría justificar los medios si se alcanzaran los objetivos en poco tiempo. Llevado al extremo, resulta tentador asesinar a un dictador para liberar a un pueblo, pero si luego hay que continuar asesinando indefinidamente se hace evidente que el camino es erróneo.
Tercero, cuando se mete la pata, lo más difícil es sacarla. El libro refleja cómo hasta los terroristas más recalcitrantes se dan cuenta de que se han equivocado pero ¿cómo reconocer que tanta muerte ha resultado inútil? Para muchos se trata de una huida hacia delante de la que no pueden salir. Ahí interviene la política.
Y cuarto: cuando la prioridad es acabar con los asesinatos es difícil ver que al cabo de un par de años harán falta otras cosas y que hay que preparar el camino para las reconciliaciones y para la Historia. Los políticos, siempre a corto plazo, dejan esto sin cerrar con demasiada frecuencia.
Por cierto, al lado del IRA, ETA resultó ser una pequeñez con la décima parte de atrocidades cometidas.
*Historia
