Patria

Fernando Aramburu

Guillermo del Campo
Fecha: 26 de febrero de 2017
Categoría: Los más fáciles

¿Novela? Me atrevería a llamarla historia novelada porque aparenta un verismo impactante. Ésa es su mayor virtud: refleja una situación con gran detalle, desde varios puntos de vista, con un desapasionamiento difícil de conseguir y a la vez profundamente real en todos sus extremos. Si es o no del todo real, no puedo saberlo con certeza. Me encantaría que me lo dijera, Jose Mari, el etarra. Pero me parece que sí, que es absolutamente real. Y por eso el mérito de Fernando Aramburu, porque refleja una realidad tan brutal, tan demoledora que no deja sitio más que a la condena del terrorismo vasco sin paliativos. Habrá quien critique que saque a colación las torturas policiales, por ejemplo. Pero son ciertas y están ahí. Y no justifican nada, por otra parte. Ni en la realidad ni en la novela. El fanatismo, el odio de los nacionalistas vascos, es tan absoluto que otras miserias del resto de la sociedad no quitan un ápice de brutalidad ni suponen la más mínima disculpa. Creo que nadie que lea el libro sin haber vivido la situación tendría la menor duda a la hora de señalar a los culpables. Quienes la hemos vivido, menos, claro. Me queda la duda, como he dicho, de qué diría Jose Mari.

El libro, me resisto a llamarlo novela, refleja con toda crudeza la situación de la sociedad vasca en los años duros del terrorismo. Crudeza que más que serlo por los asesinatos lo es mucho más por la intimidación y por el odio perpetuo que llena cada recoveco de las vidas de un pueblo. Resulta imposible abstraerse de ello y así se comprende mejor cómo semejante ideología/comportamiento/vergüenza tuvo tanto apoyo. La historia se cuenta a través de dos familias arruinadas por el terrorismo, una de cada lado. Dos familias verdaderamente arrasadas por el eufemismo del “conflicto” que culmina en el asesinato de uno de sus miembros. En ese sentido sí hay mucha equidistancia: las dos familias sufren aunque entre ambas exista un abismo de responsabilidad. Los personajes ven así tan condicionadas sus vidas que apenas si pueden respirar otra cosa que sus miedos/vergüenza/odios. Y eso a pesar de que cada uno lo intenta de muy diferentes maneras: el asesino, el intelectual, el estudioso, la casquivana o la sensata, la loca, la fanática o el cobarde. Todos se enfrentan entre sí y todos, a su modo, bracean para salir de ese marasmo. Quizá son un tanto sencillos, cada personaje representa un papel. Poco a poco, entre todos, consiguen sobrevivir pero les lleva años y años que nunca recuperarán.

El relato se articula en torno a capítulos breves que facilitan mucho la lectura y en los que tras un comienzo de una tensión opresiva, apabullante, que se mantiene en más de la mitad del libro, va apareciendo una leve distensión que puede abrir paso a la esperanza. Malparados sí quedan algunos: quienes dirigieron el terrorismo y sacaron tajada de ello ya sea económica («el delirio de la lucha armada hay que financiarlo») o política («según a quién se asesine habría que enfrentarse a los del PNV»). Tampoco perdona a la iglesia católica (curas y obispos, no se trata de algo aislado) que dio alas a la bestia y que, sobre todo, sigue equidistante («todos han de pedir perdón»). Es curioso que la Iglesia Católica se ponga tan inequívocamente del lado de los separatismos (véase ahora en Cataluña) incluso con muertos de por medio. Tan inequívocamente a favor de la ilegalidad y los asesinatos en tantos casos como equívocamente en contra los pocos que se oponen.

Se pone sobre la mesa hasta dónde se puede llevar a una sociedad inculta y explica lo que sucede hoy con el islamismo. Porque hay mucha incultura y aislamiento en el libro, (mundos mentales muy limitados) que explican la pasión por dictadores, fanatismos y militancias que reflejan los personajes más exaltados.

Me gusta el acento vasco que se lee en las palabras en vascuence y que se escucha en los diálogos e incluso en el narrador. También ese ritmo seco que no acaba las frases (para que no me diga que.), que acumula palabras separándolas con una barra (entró/irrumpió) como para expresar más de una visión para las cosas. La cursiva para los modismos locales («si serían buenos, les compraría algo»).

Frase impresionante: «más que enterrar al padre parece que lo estemos escondiendo.»

PD. Años después se ha hecho una serie de televisión que, contra mi costumbre he visto y que refleja fielmente el libro. Aunque ya he dicho que esas 600 páginas son fáciles de leer, aún es más fácil ver la serie y una cosa u otra deberían estudiarse en Bachillerato cuando se tratara de nuestra historia reciente.

*Sucedido

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