Malaherba

Manuel Jabois

Guillermo del Campo
Fecha: 12 de julio de 2019
Categoría: Sin categoría

Un par de meses críticos en la vida de un chaval de unos diez años contada un par de años después, aún con ese tono a medias ingenuo, cargado de sentido común y aplastantemente lógico propio de la edad a la que responde la narración.

Un aire a lo Manolito Gafotas que hace sonreír e incluso mueve a la carcajada y que va llenándose de momentos tiernos bien contados y con el vocabulario más adecuado. Las frases estupendas, apabullantemente clarividentes, aparecen casi en cada página y, junto con la sensibilidad que muestran, resultan el mayor atractivo del libro. Hay algunas, pocas, que me resultan algo ridículas “asustadísimo, como si me hubieran tirado de un avión” pero lo cierto es que no creo haber leído un libro en el que hubiera querido subrayar tantas buenas frases.

Me parece también un alarde de memoria por parte Manuel Jabois recrear tantas situaciones que cualquiera podrá identificar fácilmente y, además, recrearlas de una manera tan vívida. En esto no le han ganado ni Elvira Lindo ni Richmal Crompton ni Delibes ni mucho menos Blyton…

El problema es que se queda en eso, en unas vivencias duras, llenas de sensibilidad e incomprendidas para un niño… pero también ininteligibles para el lector. Un libro que tratara de un mudo no tendría las páginas en blanco y aunque un libro lo narre un niño, debe llegar a entenderse. En Malaherba se intuyen varios dramas que rodean al protagonista pero ¿cuáles? ¿La droga que asolaba Galicia? ¿Los arrebatos de violencia desmedida de un chaval (¿César?)… Todo es demasiado vago e incierto salvo, quizá, el sexo. Pero a esa edad el sexo también es incierto. Se echa de menos una historia detrás con algo más de cuerpo de la misma manera que falta detalle en personajes tan bonitos como el de Rebe o tan dudosos como Armando, un nuevo vecino que sorprendentemente se hace cargo de los niños del vecino no se sabe por qué. Uno se queda con ganas de mucho más, con hambre, pero no por lo ricos que estaban los pasteles sino porque apenas ha comido.

Es cierto que hay que ser coherente con la narración pero eso no es incompatible con contar una historia. Delibes lo hace en El camino y también en El príncipe destronado, en donde detrás de un niño de tres años aparece todo un cuadro que es menos dramático pero está mucho mejor esbozado y que cobra pleno sentido para el lector enmarcando todo lo demás.

Jabois había hecho, yo creo, lo más difícil: el tono, la emoción, el realismo… pero pretender que el hecho de que a un cadáver se le bajen las mangas de la camisa permit deducir que ha muerto por sobredosis de droga, me parece ponerlo demasiado difícil. Lástima que le haya faltado tan poco y caiga, seguro que sin querer, en lo facilón de que el lector tenga que inventarse lo que en realidad no hay por miedo a resultar insensible ante los sofocos de un niño.

Nota: que pueda reseñar ese detalle de las mangas no se debe a mi perspicacia en absoluto sino a una agradabilísima conversación con el autor en la que la aclaró. En ella saqué la sensación ¿presuntuosa por mi parte? de que compartía algo de esta crítica e incluso de que él mismo se había quedado con ganas de haber cocinado algo más.

*Novela literaria

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