La portada no debe engañar a cerca de a qué república se refiere el libro pues en realidad, se trata de las repúblicas que se escriben en singular y con mayúscula, la República, que son muchas de las más conocidas, desde la segunda española (que no tanto la primera) hasta la actual francesa.
¿Cómo es que el sistema de organización de un estado pasa a sustituir a la nación en el hablar de sus partidarios? Decir “La República” es, en función de la nacionalidad de quien habla, decir Francia hoy y era decir España en 1931. Se entiende que se refieren a la república francesa o española pero se opta por dar toda la importancia a lo que no es más que una característica de esos países, por lo demás pasajera pues en Francia ya van por la quinta y aquí se reclama la tercera. Es como si hablara del presidente del Bernabéu, la afición del Bernabéu, los títulos del Bernabéu… y los del Real Madrid fueran otros, pobres. ¿A qué esa deificación?
Ciertamente no se produce en todos los países que comparten esa forma de gobierno porque los estadounidenses hacen lo contrario: cuando se ponen grandilocuentes hablan de América y se quedan tan anchos. Y tampoco sucede con otras características de la organización de los países porque aunque a veces se habla de Democracia con mayúsculas, eso nunca omite a Italia o Alemania, por ejemplo. Es verdad que los británicos se refieren de vez en cuando al “gobierno de Su Majestad” enfatizando en carácter monárquico de su país, pero nunca la monarquía, ni allí ni aquí, ni antiguamente ni ahora, llega a la metonimia absoluta que se produce con la República.
Decir república, hoy y en un entorno democrático, es decir que el jefe del estado es elegido por los ciudadanos más o menos directamente, nada más. Y no se opone a la democracia porque puede no haber jefe de estado como tal, o existir otras jefaturas e incluso reyes, sin que ello desmerezca el carácter democrático del país como atestiguan británicos, belgas, japoneses, daneses, noruegos, suecos, holandeses y españoles entre otros muchos países del mundo. Hablar sobre república sí o no debía ser como discutir sobre si preferimos un sistema bicameral o unicameral. O si es mejor la ley D´Hont, el sistema mayoritario inglés o la segunda vuelta francesa. ¿Por qué los partidarios de La República se ponen tan místicos y hablan de ella como si no hubiera repúblicas bananeras o como si el resto de países fueran tiranías? Quizá por eso mismo, porque habiendo de todo, prefieren idolatrar a su República que mirarle las costuras, como ya decía Julio Camba.
Las religiones monoteístas tenían la particularidad de ser mucho más excluyentes que las demás. Sus fieles eran proselitistas y dejaban poco sitio a la filosofía en aras a un bien supremo, un único Dios, también con mayúscula. Lo peligroso será que si alguna vez triunfara la república, ésta vuelva a sustituir al país y se volvieran a proclamar con mayúscula e insistencia totalitaria sus virtudes, las virtudes de La República, para con ese lenguaje ir dejando fuera a los que son españoles sin más, ésos que no pueden, o no quieren, ser otra cosa.
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*Pretextos
