Tengo un amigo que sueña con la república. No es que sea republicano sin más sino que está verdaderamente convencido de que en una España republicana viviríamos mucho mejor. – Por de pronto –, dice, – mi hijo podría aspirar a ser presidente de la república pero lo que nunca va a poder ser es hijo del rey para heredarlo. – No veo yo demasiada razón en eso porque monarcas de nuevo cuño ha habido muchos y quién le dice a él que no viene un Prim y sienta a su hijo en el trono. Más difícil me parece que el chico llegue a ser controlador aéreo, si vamos a poner ejemplos de profesiones hereditarias.
A mi amigo no le dice nada que tantas democracias de larga historia como Gran Bretaña, Dinamarca, Noruega, Suecia, Bélgica, Holanda…, sean monarquías y tampoco le desanima el que presidentes de repúblicas tan consolidadas como la francesa hayan sido modelos de corrupción. Él insiste en que un país serio no puede tener rey y que así nos pasa, que el que tenemos nos ha robado hasta la camisa. Reconozco que, aunque no he perdido la camisa, en esto último parece que tiene razón aunque no acabe yo de ver porqué con la república iba a ser diferente. Pero un sueño es un sueño, qué caramba. Otros sueñan con ganar alguna vez la copa de Europa y tampoco pasa nada.
O sí, porque es precisamente de eso de lo que Julio Camba trata con tanta gracia y acierto cuando dice que una cosa es hacer la república y otra muy distinta hacer como de república. En un buen montón de artículos desgrana cómo en 1931 había mucho más de apariencia que de fondo. Con ágil prosa cuenta cómo tenía amigos que presumían de alojarse en un hotel con baño aunque éste carecía de agua, o cómo la libertad de prensa se había reservado únicamente para el BOE. Bueno, también cuenta que cambiaron las personas que ocupaban los cargos, naturalmente, y quizá por ahí el hijo de mi amigo podría encontrar su acomodo, no puedo negarlo.
De todas formas, cuando uno es un forofo del fútbol está bien tener ilusión porque lo mismo alguna vez sucede que gana tu equipo, te llevas el alegrón y siempre puedes volver a empezar. Pero cuando uno es forofo de la república y tiene todas sus esperanzas puestas en ella… a ver qué hace si se encuentra con que al final llega, se cambian los nombres de las calles y resulta que para ser embajador sigue siendo imprescindible ser amigo del ministro… Y lo peor es que no es tan difícil que le suceda pues yo apuesto por que el último golpe de efecto que dará nuestro actual presidente será precisamente ése. Veremos.
*Pretextos
