Marta Barrios escribe una novela con aire de crónica personal en la que los nombres de los personajes se ven reducidos a una letra, como para mantenerlos en un anonimato realista. Sin embargo, de tan realista, Leña Menuda sobrepasa el ámbito de la novela y casi entra en el campo de la reivindicación o denuncia. Sí, tiene algunos pasajes literarios como eso de que los hijos se alimentan primero de la sangre de la madre, luego de su leche y por último de sus sueños, pero en el fondo es más bien una descripción de todo lo que rodea al aborto. Sobre la historia de la protagonista, acumula curiosidades culturales, zoológicas y de toda índole para ilustrarlo.
Desde ese punto de vista, el ideológico, la autora apuesta firmemente por la inevitabilidad del aborto, al menos en algunas situaciones. También denuncia lo sórdido de las situaciones ilegales, lo que plantea el eterno dilema entre si las prohibiciones (de alcohol, de drogas, de abortar) no generan sino un mercado negro mucho peor. Pero Leña menuda no escamotea la zozobra que le supone a la protagonista acabar con la vida de su hijo, por muy convencida que esté de hacerlo.
Y es que, pese a que hayamos pasado de la condena más absoluta a considerarlo un derecho, nada menos, el aborto representa la mayor de las contradicciones de la sociedad. Nuestra sociedad, garantista, pone por encima de cualquier cosa la vida humana y rechaza consecuentemente la pena de muerte. Obliga a ciudadanos y a estados a auxiliar a quienes lo necesitan por encima de sus conveniencias. Exige la demostración fehaciente de la culpabilidad de cualquier delincuente. Limita extraordinariamente la defensa propia y más extraordinariamente aún la violencia aplicable por las fuerzas del orden. Nuestra sociedad está dispuesta a aceptar el coste de la injusticia siempre que vaya a favor de las personas individuales. Trata de evitar, a toda costa, cualquier muerte y, si llega el caso, prefiere siempre un culpable al que castigar que la impunidad de lo accidental. No nos hemos puesto el listón bajo, precisamente, pero ello no es sino el fruto de tantos años de desprecio primero, y de indiferencia después hacia el valor de la vida humana. Como en tantas cosas, hemos evolucionado en la buena dirección y hoy el debate incluso se centra ya en los animales.
En cambio, cuando se trata de un niño no nacido, todas esas cautelas se ponen detrás de la conveniencia de la madre, los padres, las familias y la propia sociedad. Lo que jamás podría servir para justificar un asesinato, en el caso de los niños no nacidos es más que suficiente: desde una tara física hasta el simple hecho de ser indeseado nos basta para justificarlo. Es verdad que la línea entre un conjunto de células y una persona es difusa y me parecería bien el debate en esos términos: se puede abortar porque aún no es una persona o no se puede porque ya lo es. Pero lo cierto es que ponemos la línea en el alumbramiento (o en unas pocas semanas antes, no sé en dónde estará ahora) sin querer concretar la cuestión. Porque, de hacerlo, lo garantista de nuestra sociedad obligaría a poner la línea demasiado temprano y preferimos eludir ese debate. No queremos saber por qué en Bruselas se puede abortar con unas semanas de gestación y en Madrid con otras y nos centramos en la vergüenza de que haya que viajar a Bruselas para eludir las leyes españolas. Leña menuda no justifica el aborto porque el feto no sea aún una persona sino, simplemente, porque tiene una malformación que le dará pocos años de vida. ¿Sería posible matar a una persona porque le quede poco tiempo de vida? Si no ha nacido aún, sí.
Marta Barrio no pone en cuestión esas contradicciones directamente, ni mucho menos, pero sí refleja bien la ansiedad y la desazón de quien sabe que está obrando mal aunque le compense hacerlo. Nunca ejercitar un derecho daría lugar a tan mala conciencia. Nunca la extirpación de un tumor crearía tanta inquietud. Nunca unos sueños malogrados producirían tantos problemas psicológicos. La protagonista, hasta necesita confirmar las malformaciones una vez extraído el feto para asegurarse de que lo que ha hecho tiene al menos una razón ¿Qué pasaría si se hubiera equivocado? Porque ésa es una de las razones para abolir la pena de muerte…
Conozco a muchas personas que está a favor del aborto. Conozco a otras muchas que, sin estarlo, podrían abortar en determinadas circunstancias y no pretendo culparles en absoluto, porque comprendo la dificultad de las situaciones. Pero es muy importante saber si lo que hacemos está bien o no. Sé de una mujer que no consideraba que estuviera mal el quedarse con cambio mal dado al comprar algo, que hacía trampas en cosas menudas… y que acabó expoliando a su familia sin contemplaciones. Cuando nos ocultamos a nosotros mismos la moralidad de los actos nos abocamos a barbaridades. Vilezas cometemos todos porque somos humanos, pero también es fundamentalmente humano discernir que lo son, con independencia de nuestros actos. Cuando se habla de despersonalizar al enemigo no se refiere sino a despojarlo de la condición de humano para que, ya que lo vamos a matar, nos sea más fácil, más justificable, hacerlo. Cuando nos empeñamos en acallar a nuestra conciencia y no pensar, sólo queremos dar una pátina de legalidad a lo que de todas maneras vamos a hacer.
Nunca he conocido a nadie capaz de defender moralmente el aborto. Quienes lo defienden lo consideran un mal menor (desde el punto de vista del adulto). Más bien al contrario, los que abogan por el aborto elevan la apuesta y, evitando discutir si el feto es o no una persona, se centran en que el aborto es un derecho de la madre (que no del padre). Nuestra sociedad, tan pro derechos humanos y tan maravillosa, se empeña en cubrir con un manto de legalidad absolutamente incoherente lo que las personas sabemos perfectamente que no puede estar bien… pero en 2023, como en 1984, ¡ay de quien discrepe de las leyes democráticamente aprobadas! (*)
Verde/*Pretextos
(*) Por no extenderme más no entro en la defensa tangencial que hace el libro de pisotear los derechos de las minorías católicas universitarias.
