Lógicamente leí esta novela tras leer la de El espejo roto y me alegra porque he entendido mucho mejor el estilo de la autora al ver las similitudes de dos libros muy diferentes. Mantiene las descripciones minuciosas, los detalles que cuenta en sus prólogos la autora, sus frases cortas y la falta de pasión, a modo de crónica, esta vez en primera persona. En realidad las descripciones no pretenden evocar un cuadro minucioso en el lector (sería imposible) sino, simplemente, dar un aire general y disfrutar de las palabras bien escogidas.
Entre esa prosa, a salto de mata pero centrada en Colometa, se va deslizando una historia en la que el lector ha de poner los sentimientos. En ocasiones el escritor apunta un suceso dejándolo abierto para que el lector lo componga como mejor le parezca (así sucedía en El espejo roto, que además abría la historia a más personajes). Aquí la historia importa poco y lo que queda al criterio del lector son las emociones, apenas sugeridas por los hechos escuetos que se narran y, a veces, por su simbolismo. Como dice Rododera en otro magnífico prólogo, más que un narrador que cuente lo que se siente ella prefiere aportar el punto de vista directo de los personajes. Y si éstos deciden suicidarse, el lector habrá de percibir la magnitud de la tragedia en las minucias de la preparación fría y minuciosa más que en los lamentos y lloros.
Un baile, una boda y una azotea es esta novela que, sin embargo, sirve de antesala a la de El espejo roto, escrita de la misma manera pero con mucha más ambición. Por si fuera poco, el traductor de La plaza habla español a la vez que Rodoreda menciona a Cataluña en su prólogo. Está claro que cuando uno lee La plaza entiende mucho mejor El espejo, a Rodoreda… y a los acomplejados.
Traducción: Sergio Fernández Martínez
*Novela
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