Pensaba que el ensayo de Díaz Álvarez estaría más relacionado con el lenguaje. Es más bien un recorrido por diferentes situaciones de violencia, guerras más o menos declaradas fundamentalmente, y la necesidad de poner cara a las víctimas y de escuchar sus testimonios frente a los relatos oficiales o históricos. Comienza por Troya, pasa por Tenochtitlan y acaba, o sigue, con México, como corresponde a la nacionalidad del autor.
Trata tangencialmente de la evolución de las guerras desde una lucha territorial hasta la simple exterminación del contrario. En realidad la guerra ha experimentado muchos cambios a lo largo de la Historia: Aníbal consideraba que había vencido a Roma tras la batalla de Cannas, de acuerdo con los usos de la época que reducían las guerras a la batalla principal. Fue una sorpresa para él que Roma no aceptara la derrota y se empecinara en armar más legiones contra él. Como somos descendientes de Roma, valoramos el espíritu de lucha indomable de los romanos en lugar de considerarlo un fanatismo cruel. Mucho después la guerra dejó de ser algo local y en 1914 y 1939 alcanzó la categoría de mundial, involucrando a las colonias y utilizando a la población civil.
Fundamentalmente el libro hace un repaso por muchos escritos que analizan el papel de las víctimas el relato pero lo hace de una manera un tanto ingenua. De un lado están los relatos oficiales y la historiografía y de otro esas víctimas como personas aisladas que han sufrido mucho. Apenas menciona que las guerras de hoy se han extendido: de los campos y mares llegaron primero al espacio pero hoy copan la narrativa. Lo que se llama la batalla del relato no es sino una continuación de la guerra por otros medios. Un paso más allá de Clausewitz. No dudo de que las víctimas necesiten contar lo sucedido y que la sociedad deba huir de las estadísticas y deba poner nombres y apellidos a los muertos y a sus familiares alejándose de la épica de lo bélico. Pero, como dice Díaz, esta épica en inherente al ser humano (o al menos a su mitad masculina) y en todo caso deja de lado el hecho de que la guerra ha llegado también a utilizar a las víctimas y por tanto sus relatos no están exentos de intereses que los dirigen. Comentando a Arendht, Zweig, Vonnegut y a muchos más (lástima que no haya caído entre sus manos Kang) opone a los vencedores con los perdedores en guerras que , sin embargo, aún siguen librándose en los campos de la literatura, ya sea en paralelo o como continuación de la lucha armada. Y tanto en el México del narcotráfico o en la eterna lucha contra el fascismo lo que reflexiona Díaz es una visión tan maniquea como la de los vencedores. Una visión que condena la violencia venga de donde venga.
*Ensayo
