Las historias de Benedetti suelen ser buenas pero a mí las que más me gustan son las que desgranan el proceso de enamoramiento. Da igual si son jóvenes, mayores o mitad y mitad. No importa si pasan años, meses, días u horas, como es el caso del último cuento Cinco años de vida. La delicadeza con la que el escritor deja caer una mano sobre la rodilla del otro o barre una lágrima con apenas un dedo para convertirlo en una palma de apoyo para la mejilla es maravillosa. Si a eso añadimos algo de sorpresa, cerramos el libro (pues es el último relato) encantados. Antes habremos disfrutado de Muzak (que resulta ser el hilo musical) o recordaremos a Borges en El fin de la disnea, con eso del chauvinismo bronquial y el sesgo creador del asma. Acaso irreparable tiene algo de tragedia pero también de la utopía de Gianni Rodari en El autobús nº 75, otro cuentista de la generación.
También hay cuentos que no he entendido demasiado. Quizá el escritor aprovechó para experimentar o yo no he estado suficientemente atento. Pero incluso así, Benedetti sigue siendo extraordinariamente hábil: cuando escribe “solemos (o solíamos)”, con ese paréntesis nos despierta la curiosidad. Cuando no sólo apaga la luz del dormitorio sino que corre la doble cortina, nos parece un detalle irrelevante hasta que, a la mañana siguiente, necesita que una buena luz natural no deje oculta la fealdad. Cuando aclara los pensamientos de “un escritor como él, no francés” (le pareció, para el caso, una categoría más importante que la de uruguayo)” nos reímos con los dos.
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