Reseña, La extraña muerte de Europa, Douglas Murray

La extraña muerte de Europa

Douglas Murray

Guillermo del Campo
Fecha: 24 de octubre de 2026
Categoría: Sin categoría

Libro quizá algo desfasado ya, pues tiene diez años desde su publicación, que trata de la emigración en Europa y cómo la cuestión, que comenzó tras la segunda guerra mundial, está adquiriendo una relevancia fundamental. Lo he leído con la intención de forjarme una opinión más sólida al respecto, en la línea de otros que le leído recientemente como Exodo, Immmigration and Freedom o Crítica de la emigración imaginada. Este último es más español pero basad en artículos del momento, que resulta demasiado visceral y me resultó poco útil. Chandras Kukathas, en cambio, proporciona una opinión mucho más universal y filosófica, fundamental para sentar las bases aunque luego haya muchísimo que concretar. Porque ése es el verdadero problema que Douglas Murray pone de manifiesto: los grandes ideales hay que llevarlos a la práctica y cuando hay tantos intereses espurios en juego, resulta muy difícil. Los diagnósticos rápidos y fáciles de los populismos son absolutamente inviables, además de mentirosos. Aceptado que el mundo es de todos, de ahí no se desprende tan fácilmente que mi casa o mi coche también lo sean y la pretensión de que sea el estado quien cargue con ello, con todo lo que venga, es ridícula. Es la utopía de quienes pretenden una sociedad tan perfecta que se organice al margen de las personas que la componen (dreaming of systems so perfect that no one will need to be good, que escribió T.S. Elliot poniendo en cuestión las promesas de sociedades perfectas como la comunista). La ventaja de las religiones es que al menos cuentan con la bondad de sus fieles. Utopías que no decaen a pesar del fracaso evidente de la URSS (o de Cuba) y a pesar de que, como decía un catedrático de Construcción de la ETSAM, “cuando la realidad contradice la teoría, lo mejor es cambiar la teoría.”

La extraña muerte de Europa pone de manifiesto cómo una Europa, que con mayor o peor fortuna ha exportado sus ideales de tolerancia, igualdad y democracia por el mundo, está renunciando a ello en el interior de sus fronteras a la sombra del divino concepto de la diversidad. Un concepto también utópico, pues inmuniza tanto como contagia. Empleando ese vocabulario que viste tan bien lo inaceptable, en aras al a diversidad, resulta que Europa ha de negociar los principios de su civilización con la sharía: leyes que discriminan a las mujeres, condenan a los homosexuales y no admiten la separación entre iglesia y estado ni la libertad de culto, precisamente los logros más recientes de nuestros países. Y para ello es capaz de recurrir a una Córdoba idealizada del SIX, por cierto, la del mártir S. Álvaro, para pretender el absurdo de la tolerancia intrínseca del islam antes que admitir la intolerable realidad del Afganistán o del Irán de hoy.

Como pone de manifiesto Murray, no se puede cobijar bajo el paraguas de la humanidad a la inmigración por motivos económicos lo mismo que a la que proviene de mafias que trafican con los seres humanos o a la que huye de matanzas o del hambre, porque son cosas distintas. De hecho, hacemos esas distinciones con normalidad en otros ámbitos pues con independencia de las injusticias sociales, el nivel de exigencia que nos imponemos es diferente para con quien tiene necesidades básicas que para con quiere simplemente mejorar. Igualmente, los acogidos debieran aceptar la convivencia pacífica con quienes los acogen hasta que cambian las circunstancias que los hicieron emigrar. La guerra de los Balcanes acabó hace más de veinte años y no habiendo ya motivo para seguir acogiendo a sus refugiados, parece lógico exigir la integración de quienes deseen permanecer en los países que los acogieron. No tanto como para que asistan a corridas de toros españolas o la caza del zorro inglés pero sí como para que acepten los valores fundamentales de nuestra sociedad, algo que abiertamente rechazan los musulmanes. Europa tiene un problema de identidad cuando su tolerancia se ve atacada por la intolerancia de los que vienen. Llamar racismo a que una horda de decenas de miles de musulmanes salten la frontera y acampen en tus playas y parques para saturar tu administración (en el mejor de los casos) es propio del populismo buenista y grandilocuente que refleja la falta de valores que aqueja a los europeos.

Murray destaca una suerte de culpabilidad que aqueja a Europa, similar a la que aqueja a los españoles con el descubrimiento de América. Resulta que ahora hay que pedir perdón por lo que hicieron nuestros antepasados a los aborígenes del mundo como si en épocas pasadas hubieran sido transgredidos unos valores que entonces ni siquiera podían imaginarse. (Y dejando de lado aquello de qué han hecho los romanos por nosotros). Es como si dentro de unos siglos se reprochara a los segovianos que sus abuelos de hoy comieran cochinillo. O a los bisnietos de Neil Armstrong el que en 1969 aplastara unas células que existieran entre el polvo lunar. Sobre todo porque, antes y ahora, la comparación entre los europeos y otra culturas nos deja bien parados: la esclavitud la practicaban los africanos (moros y negros) sin necesidad de ayuda, como tampoco la necesitó el genocidio de los armenios en Turquía en pleno SXX y lo mismo puede decirse en la actualidad de los derechos humanos en los países del Golfo, del Magreb o Oriente Medio. Ante semejante contraste, Europa debiera defender sus valores frente a la intolerancia de otros porque el masoquismo es un vicio que uno no se puede permitir en presencia de un sádico.

Europa no es perfecta pero sí tan diversa como otras regiones del mundo (compárese a un almeriense y a un vecino de Tromsø). En lo que sí es más homogénea Europa es precisamente en unos valores a los que no debe renunciar. Ya es hora de que se produzca un debate serio y no ideológico sobre la emigración que proponga soluciones humanitarias para quienes las necesiten, de acuerdo con nuestros valores, y ponga freno a los abusos. Pero, sobre todo, que promueva la integración en la tolerancia que nos caracteriza y repudie a quienes quieren imponernos su intolerancia. Si tenemos que soportar el machismo, por ejemplo, al visitar Rabat, que tengamos claro que no puede ser una opción en Málaga para los españoles (y mucho menos para los visitantes) con independencia del color de su piel porque lo contrario sí que es racismo.

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Traducción: Mariano Vázquez Alonso

Buena traducción que apenas me ha hecho pararme en alguna expresión rara.

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*Pensamiento

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