Debió resultar apasionante analizar los cambios que nacieron en América en el SXIX y, en particular, cómo se organizaron las colonias inglesas para convertirse en los Estados Unidos. Apasionante porque no es habitual ver salir una sociedad de casi de la nada, con tan pocos condicionantes previos. Apasionante porque ponían en práctica las novedosas ideas de la revolución francesa, la democracia, la igualdad, etc. Y también es apasionante leer ahora los esos análisis, tanto para constatar lo acertado de las predicciones de Tocqueville como para entender la esencia de los sistemas políticos actuales.
La democracia en América es una prolija descripción de las instituciones y costumbres americanas y un tratado de filosofía política. Ambas cuestiones son interesantes porque la clarividencia del autor es asombrosa. Bien es verdad que se nota el paso de los años en el estilo de redacción, excesivamente reiterativo que incluso hace pensar que no acabará nunca de llegar al fondo de las cosas. Pero hay que tener paciencia porque en tantísimas páginas sí aparece ese fondo aunque cueste un esfuerzo llegar a él.
Toqueville ya previene de los males económicos de la esclavitud de la misma manera que Escohotado dos siglos después. También anticipa que será por la esclavitud por donde llegarán los problemas para los Estados Unidos, adelantándose cincuenta años a la guerra de secesión. Es más, considera mucho más dañino a largo plazo el prejuicio racial de los estados del Norte que la esclavitud de los estados sureños. Denuncia la hipocresía de prohibir a la vez la esclavitud y la entrada de negros en algunos estados y de abolir la esclavitud para condenar a los negros a morir de hambre.
En un alarde de clarividencia, Tocqueville detecta que la democracia, antepone el deseo de igualdad al de la libertad y que tiene el problema de igualar por abajo. Alaba la libertad de prensa, más por lo que evita que por sus virtudes, comprende que las democracias producen más riqueza que las tiranías y son más débiles a corto plazo, que necesitan otras democracias vecinas para desarrollarse sin peligros. Son cuestiones que incluso hoy podrían generar controversia.
El autor considera a los ingleses y puritanos como los más racistas de Europa, lo que ya en aquella época le permitía afirmar que “no es posible destruir a los hombres respetando mejor las leyes de la humanidad”. Prevé la completa exterminación de los indios de una manera muy civilizada, eso sí (a diferencia de los indios sudamericanos).
También analiza el concepto de federación destacando que los Estados Unidos no han caído en el error de la cogobernanza entendida como, por ejemplo, se hace hoy en España: Un gobierno central manda y las autonomías van ejecutando, lo que no puede dar sino mal gobierno, rebeliones y falta de eficacia. La cogobernanza de un estado federal debe consistir en repartir las áreas de gobierno de modo que ambos, poder central y autonómico, ejecuten lo que disponen porque se trata de esferas diferentes. Soberanía compartida por temas y no por esencia.
Son muchas páginas, sí, pero del primer tomo, el que escribió hacia 1830, da gusto entresacar tanto para reflexionar hoy. El segundo tomo ya desmerece un poco. Nunca segundas partes fueron buenas.
Traducción: Fausto José Trejo
Verde/*Pensamiento
