El libro se jacta de no ser un listado de latinajos porque, en vez de en columna, los alinea en frases. Pero resulta que éstas tienen tan poco sentido que resultan absurdas. Nada que ver con Grijelmo o Marcolongo, divulgativos también pero mucho más útiles y amenos. Yo esperaba más explicaciones de por qué las palabras latinas derivaron hasta las españolas, qué fue de las declinaciones… Me interesaban las posibles ventajas que los hablantes obtuvieron de abandonar el género neutro o si realmente, como ahora se reivindica, fue una pérdida irreparable que tenemos recuperar a toda costa.
Hace poco asistí a un concierto y quien lo presentó, mayor que yo, se dirigió al auditorio, mayor que él, con un “me alegra veros a todos y a todas y espero que disfrutéis del concierto que hemos preparado”. Al oír la presentación, me vino a la memoria un artículo de un conocido escritor; conocido, en buena parte, por lo mal hablado y escrito que es. (No es que falle con la sintaxis sino que sus textos están llenos de palabras soeces, tan innecesarias como pretendidamente jocosas, y por eso prefiero no citarlo con más detalle).
Bien, pues el no citado artículo, se lamentaba, y con mucha razón por lo demás, de que todo un ministro, al dirigirse en un acto oficial a una asamblea de jueces, los hubiera tuteado. Sus quejas se centraban en la pérdida del respeto debido pero, compartiendo el argumento, a mí eso no me parece lo fundamental. Al fin y al cabo, quienes tutean de esa manera pretenden precisamente eso, reducir un respeto que les parece innecesario, de modo que están arrimando el ascua a sus ideales, por muy equivocados que nos puedan parecer, y están en su derecho. No, lo que me parece verdaderamente pernicioso del tuteo indiscriminado es que deje de significar algo, que se convierta en costumbre, que deje de ser noticia y el usted pase al cementerio de las palabras olvidadas. Porque los modales pueden mejorarse y los ideales, centrarse. Pero lo que se olvida, malamente se recupera.
El español mejoró al latín incorporando varias formas de dirigirse a los demás según la distancia que se quisiera marcar y de las que hoy prácticamente sólo quedan dos: la del médico se dirige de usted al paciente por profesionalidad, del policía al detenido para que vaya calibrando el lío en que se ha metido, del alumno al profesor para que parezca que le tiene un mínimo respeto y la de los amigos se tutean precisamente por lo contrario, para mostrar proximidad. Dice J. M. Esquirol (*) que el respeto es mantener la debida distancia y que tan malo es alargarla como acortarla. Pues para eso, el “usted” del español resulta de una ayuda inestimable. Usarlo o no, transmite unos matices a la comunicación que va mucho más allá de lo lingüístico y que sería absurdo perder. ¿No quiere usted dirigirse a mí como es debido? No pasa nada porque eso querrá decir que no merezco más o que usted me tiene en menos. También cuando se saluda a todos, a todas e incluso a “todes” se transmite algo. Lo irremediable no es la falta de educación ni la estupidez sino la pérdida de un recurso que permite mostrarlas con tanta sencillez. Tampoco a nadie se le ocurre cuestionar la utilidad de las palabras soeces porque, bien usadas, pueden ser enormemente expresivas con independencia de la cultura de quien la emplee.
Insultar a los maleducados, como hace el articulista, lejos de limpiar, embarra y lejos de fijar, dispersa porque pone la atención en donde no es. Lo que debería importar no es la ideología o la educación de un ministro sino el esplendor de nuestra lengua y sus recursos.
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(*) J. M. Esquirol: El respeto o la mirada atenta (Gedisa, 2013)
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*Saber