Dicen que hay escritores que cuentan en cada libro la misma historia, que aunque cambien de personajes, de entorno, de época y hasta de estilo, su historia, lo que les importa, aflora en cada obra de una u otra manera. Tampoco es que haya leído tanto a Landero pero sin duda el amor a la literatura es la norma en muchos de sus libros. Aquí no se oculta y más bien incluso es redundante: en capítulos pares e impares con tipografía normal o cursiva, supuestamente ficción y realidad van entretejiendo la urdimbre de esa misma pieza que aparece en El balcón en invierno, por ejemplo.
Entremedias esa prosa magnífica a la que nos tiene acostumbrados el autor desgranando con más cuidado recetas de escritor, experiencias con las palabras y vivencias a caballo entre el pueblo y la ciudad. Lo que daría yo por tener esas doscientas reglas a las que hace referencia, que al parecer ha ido recopilando en un cuaderno y de las que sólo apunta aquí media docena.
La literatura se aprende pero no se enseña, el ingenio es el irse de putas de la inteligencia (esto se le escapó a Marina en su Elogio y refutación del ingenio), habría que entablar una guerra formal contra las pantallas (Landero dice contra la imagen pero yo creo que se refiere más a éstas). Son ideas que hacen pensar por qué aún es necesario leer La Celestina a los catorce años o lo difícil que es hoy coger un libro con el esfuerzo comparativo que supone con respecto a la televisión o internet.
Lo que más me ha gustado: hay libros de cuatrocientas páginas que en realidad no tienen más que las cincuenta o cien que me leo. En cambio, ¿cuántas páginas llegará a tener El camino?
*Novela literaria
