Creo que fue la única lectura de Literatura de bachillerato que me gustó entonces (otras muchas me gustaron ya más adelante). Sin duda tiene la evidente ventaja de ser corta y de que no hay que traducirla de unos siglos acá pero me gustó por muchas otras cosas y me sigue gustando hoy. Un profesor de literatura me justificaba hace unos años la lectura obligada de La Celestina de la misma manera que sostenía con acierto que para entender algo de arquitectura había que comenzar por el Partenón. La diferencia, objetaba yo, es que leer requiere de mucho más tiempo y mucho más esfuerzo.
El teatro, paradójicamente, me llega mucho más leído que representado (tal vez porque no asisto lo suficiente). Es verdad que, como me pasa con el cine, prefiero lo que he imaginado leyendo a lo que pueda venirme de la pantalla o del escenario pero en el teatro escrito siento más cosas. Al fin y al cabo, imaginar con detalle las acotaciones es trabajoso y sé que no les presto tanta atención como para que verlas no me resulte más sencillo que imaginarlas. De hecho, leídas suelen ser un tanto prolijas. Pero la esencia sí se capta con facilidad y, a cambio, subyace en ellas un narrador omnisciente que se permite incluso contradecir a los diálogos para transmitir mucho más. Quizá valga aquí la idea de que una imagen vale más que mil palabras… aunque para expresar eso necesitemos palabras. Por ejemplo, según la acotación, es Juana quien agarra la mano de Ignacio en un primer momento pero ella manifiesta lo contrario dándonos así una sutil pista, muy inicial, de que algo va a pasar entre ellos. Por el contrario, al final, la mirada se detiene “en el asesino”, sentencia que habían negado reiteradamente los personajes.
De todas maneras, hasta los mismos diálogos leídos me parecen de una gran profundidad:
” -¿Qué te pasa? ¿Qué es lo que quieres?”
“ -¡Ver!”.
La fuerza de la conversación con la que se cierra el primer acto nunca me la transmitieron los actores, ni muchísimo menos. Tampoco necesitó Buero Vallejo introducir muchos signos de admiración para que sus palabras resultaran rotundas. He de reconocer que el autor quizá juegue con la ventaja de que se compare toda la plenitud de su prosa con la representación necesariamente disminuida de unos actores haciendo de ciegos. Por cierto, en la obra éstos se distinguen de los invidentes según quién los nombre anticipando así la carrera de eufemismos actual en la que los invidentes ya pasaron a ser minusválidos, luego a disminuidos físicos, discapacitados, personas con discapacidad visual, personas en situación de discapacidad visual…
En la ardiente oscuridad plantea un dilema acerca de si el sufrimiento humano, por serlo, es más o menos necesario. Hace años lo expresaba yo de un modo más sencillo: si es preferible soñar con lo imposible aunque duela o conformarse con la realidad y ser feliz. Es la duda que me sigue asaltando de si es que me sucede lo que me gusta o es que me gusta lo que me pasa. En qué consiste La buena suerte, que trataba Rosa Montero. Desde la primera lectura supe entender, y sentir, esa disyuntiva. Lo mismo que supe ver el simbolismo del bastón o del desaliño en el vestir. E igualmente aprecié los contrastes entre la frondosidad del primer acto, “ilusión de normalidad”, la desnudez de los árboles otoñales del segundo, “envenenados de alegría”, y la noche de estrellas al “alcance de nuestra vista… si la tuviéramos…” del tercer acto. ¿Estaba todo eso al alcance de mi sensibilidad y eso me hacía a Buero tan asequible como el Partenón? ¿Fue mi profesor quien supo ponérmelo a tiro? ¿Fui yo quien ese día hice el esfuerzo de entusiasmarme con Buero?
PD. De mayor quiero ser profesor de lengua.
*Teatro
