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El voto femenino y yo: mi pecado mortal

Clara Campoamor

Guillermo del Campo
Fecha: 7 de enero de 2025
Categoría: Sin categoría

No tenía noticia de este libro, sólo sabía del de La revolución española vista por una republicana. Ambos tienen títulos muy esclarecedores: si éste tacha de revolución, ajena a una republicana, lo de 1936, el del voto deja claro porqué tuvo que abandonar la política. Y tuvo que hacerlo como tantos, simplemente por ser honesta, defender sus ideas y no aceptar componendas. Ella se define de izquierda pero la izquierda la rechazó excusándose en que con el voto femenino había traicionado a la república.

La excusa resulta muy reveladora pues responde una idea democracia muy particular según la cual “serán electores todos aquellos que estén de acuerdo con nosotros y quedarán excluidos los que no quieran votarnos”. Victoria Kent, socialista, lo expresó casi mejor: “si se tratara de conceder el voto a las mujeres obreras no vacilaría. Pero como no es sólo a ésas, mi voto es resueltamente adverso a la concesión del voto femenino”.

Aunque la excusa fuera vergonzosamente antidemocrática, es interesante ver si efectivamente la mujer resultó ser de derechas y causó el cambio de gobierno en 1933. O si la mujer resultó ser tan veleidosa como decían los que se oponían a que votaran y provocó un nuevo vuelco electoral en 1936, esta vez a favor de la izquierda. Campoamor explica bien que el sistema electoral no permite establecer el número de votantes que obtenía cada opción política. Primero, porque se hacían dos vueltas en muchos casos. Segundo, porque se podía votar a varios candidatos. Pero, sobre todo, porque el sistema electoral premiaba muchísimo las coaliciones. Esto último fue lo que marcó la diferencia en 1933 y 1936 como muestra en numerosos ejemplos la autora: con los mismos votos se consiguieron vuelcos de escaños tremendos que no reflejaban a la sociedad pero que animaban extremismos y lejos de alentar el consenso llevaban a “darle la vuelta a la tortilla” en cada ocasión. Quizá por eso los extremos copaban el parlamento y los republicanos de verdad eran los menos. Tampoco resulta fácil identificar a los partidos que votaron en a favor o en contra del voto femenino por razones parecidas: se forzaron hasta tres votaciones y como los diputados no votaron en bloque, concretamente en el PSOE se dividieron en dos: Largo y los suyos por un lado y Prieto con los otros en el otro lado. Y lo mismo Azaña y su partido junto con otros muchos. El voto femenino lo trajo Campoamor en contra de casi la mitad de una cámara en la que había 293 diputados de izquierdas frente a 177 de derechas.

Pero si para apartar a Campoamor emplearon una excusa tan lamentable, además de falsa, fue porque la única razón fue su valía, su honradez, su coherencia y su valentía, virtudes que casan muy mal con los políticos. Clara Campoamor no colaboró con la dictadura de Primo de Rivera (a diferencia de Victoria Kent y el PSOE) ni le aceptó honores a pesar de que, siendo una de las pocas abogadas de la época, sin duda la buscaban. Era una época en la que las mujeres con estudios eran un tesoro que todos querían capitalizar pero ella no se dejó. Mi abuela, que la conoció, contaba cosas parecidas de la época desde la facultad de Ciencias Químicas. Las Kent o Nelken lo ponían más fácil y así les fue mucho mejor… a ellas porque si no hubiera sido por Campoamor, las mujeres habrían seguido sin votar muchos años más.

Verde/*Historia

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