La tesis de El manual del dictador es que cuanto mayor es el número de personas de quien depende la elección de un cargo más difícil es comprarlas de forma espuria, lo que obliga a desarrollar acciones que resulten beneficiosas para la mayoría si se pretende mantener el puesto. Eso vale tanto para los gobiernos como para las empresas y aunque puede parecer obvio, lo cierto es que en realidad lo es una vez leemos este libro.
Escrito con la abundancia de ejemplos habitual de estos libros de divulgación anglosajona, resulta ameno. Quizá lo más interesante, pero lo toca sólo de refilón, sean las maneras en las que las democracias pueden serlo sólo en apariencia y reducir muchísimo el número de personas que resultan decisivas. Sostiene también la convicción de que todos el mundo busca exclusivamente su interés y que con esos mimbres hay que razonar. Me parece cierto que hay que contar, en primer lugar, con el deseo del gobernante de mantenerse en el poder contra viento y marea. Sin embargo creo que, siendo la principal motivación, no siempre es la única y eso Bueno de Mesquita y Smith no lo contemplan. Tampoco trata el libro, ni tangencialmente, el problema de la demagogia y cómo el ampliar la base de electores puede no bastar para lograr gobiernos adecuados.
Con todo, es cierto que los dictadores utilizan las técnicas que describe el libro. Una empresa puede mantener a dos gerentes sin cualificación ni capacidad y pagarles una nómina doce veces mayor que a los otros sesenta trabajadores (reparto de beneficios aparte) por el sistema de seleccionar a cuatro o cinco trabajadores que controlen y a los que les paguen cinco veces más que al resto. Algunos de ellos sí necesitarán cierta cualificación para desempeñar trabajos importantes (aunque siempre en perfiles bajos para que no puedan hacer sombra a los gerentes), pero los demás elegidos serán meros mamporreros que cobren sólo por ser espías y recaderos. Haciendo cuentas, esto resulta mucho más barato que pagar a los trabajadores lo que les corresponde como, por ejemplo, los desplazamientos diarios de 48 km a los que obliga el convenio. Para evitar quejas y rentabilizar las jornadas, el gerente puede admitir sin problema los permisos de boda o de maternidad, etc. a la vez que sus mamporreros se ocupan de recordar lo que les duró el empleo a los trabajadores que los hubieran disfrutado o a quienes pidieron que se les computaran las horas extraordinarias. Para acabar, el gerente tendrá que hacer alarde de su solidaridad y progresismo para mantener tranquilas las conciencias de los accionistas… hasta que los desplume, naturalmente. Porque, como los autores del libro exponen bien, cuando el reparto de prebendas no basta para mantenerse en el poder o cuando surge la oportunidad de “pegar un pelotazo”, quienes se apoyan en pocos prebendados carecen de controles que frenen una operación final fraudulenta.
Los autores también se adentran en cómo evitar la corrupción referida a las personas. No está mal pero, salvo que sea generalizada, ésa es una corrupción menor que siempre encuentra delatores. En España la que hay que atajar es la de los partidos políticos porque crean redes de corrupción más amplias que además difícilmente denunciarán sus afines, por honrados que sean, por miedo a ser acusados de haber chaqueteado. El sistema es siempre el mismo: González, Rajoy, Griñán, Sánchez… no se llevan un duro y por tanto su honradez puede ser defendida a capa y espada por sus forofos. Se los mantiene en el poder a cambio de que hagan la vista gorda a la corrupción que les permite ganar las elecciones. A su vez, cada trama de partido genera sus corruptelas personales, naturalmente. Pero la solución es muy sencilla: limitar los presupuestos de los partidos políticos de la misma manera que se hace en la Fórmula 1. Desaparecida la necesidad de disponer de más fondos que el contrario, igualados todos en una contienda electoral mucho más justa (y limpia, sin tanto cartel y banderola inútil), deja de haber razón para la corrupción de los partidos y la personal volverá a denunciarse con facilidad.
Por último, el libro aborda también las relaciones internacionales desde estos puntos de vista: las democracias no necesariamente generan democracias (de hecho no suelen hacerlo), son mejores que las dictaduras sólo en algunas guerras y la ayuda internacional suele ser un desastre deliberado. Los autores matizan la extendida creencia en que las democracias no suelen guerrear entre sí (creencia que tantos ejemplos desmienten como Texas 1846, Cuba 1898, Ruhr 1923, R. Dominicana 1965, Chipre 1974, Líbano 2006, India y Pakistán…). En realidad, las democracias suelen promover la guerra sólo cuando están seguras de ganarla, lo que no es tan frecuente. Las dictaduras, en cambio, no necesitan ganar las guerras y ello les permite buscarlas con mayor alegría.
Creo que el planteamiento inicial de exponer la realidad como es y no cómo querríamos que fuera y el análisis internacional final quizá sea lo más interesante del libro.
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Traducción de María Condor:
No parece tener especial dificultad pero adopta decisiones cuestionables que habrían merecido alguna nota de traducción: Tratar de “selectores” a los electores seguro que obedece a algo pero debiera haberse explicado. Tiene sobre todo fallos en el uso de conjunciones (adversativas cuando debieran ser copulativas y viceversa) que dificultan mucho la lectura y que obeceden a que no se entiende lo que se está traduciendo. Y cosas como que “la relaciones entre Irak y Kuwait llevaban mucho tiempo siendo quisquillosas”, adjetivo que más bien se aplica a personas que a las relaciones.
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