Una manera de disponer de argumento para una novela es basarlo en algún hecho histórico o personaje que te dé una base sobre la que elaborar la ficción. Tan útil resulta el recurso que hay hasta géneros específicos como la novela histórica o la biografía novelada. Hamnet o Momentos estelares de la humanidad son dos buenos ejemplos porque basándose más o menos en algo real, su prosa da vida dan vida a personajes y emociones. O´Farrell, tiene una realidad bien escasa para aprovechar. Zweig dispone de mucho más pero el éxito de ambos no está en lo que aprovechan sino en cómo lo hacen, en lo que ellos mismos aportan con su prosa.
El inventor, un tal Mouchot, debe dar poco de sí pero no es ése el problema del libro como no lo era la escasez de datos biográficos de Shakespeare. El problema es que Bonnefoy tiene una prosa artificialmente compleja, que pretende ser poética y está plagada de imprecisiones y de palabras mal usadas. Añádase que el personaje es inasequible tanto al desaliento como al aliento, que apenas tiene vida porque se limita a sobrevivir en un cúmulo inverosímil de enfermedades y desgracias y uno concluye que, de acuerdo, la biografía del tal Mouchot resultaba poco interesante pero que el autor, además, la ha hecho hasta desagradable. Apisonar no es aplastar (pág. 22) es difícil imaginar libros “titilando en una constelación de papel” (pág. 24) o pensar en “hojas astadas como los pétalos de una alocasia” (pág. 42) por no hablar de cuál será la “regularidad esmerada de quienes huyen de algo”. (pág. 84). Y el hecho de que en un lenguaje un tanto rebuscado intercale expresiones comunes (al otro lado del charco, por ejemplo) y a veces hasta vulgares, ni alivia la petulancia del lenguaje ni excusa los evidentes defectos que difícilmente pueden achararse a la traducción. (Menos cuando este autor debe conocer sobradamente el español como para poder revisarla). Sin llegar a los extremos de Oates, resulta incómodo de leer.
Por si fuera poco, entre la cadena de infortunios descritos con todo lujo de detalles, los inventos de ese buen señor resultan muy difíciles de imaginar con las explicaciones del libro. Bonnefoy habría hecho bien en esmerarse en sus descripciones incluso a costa de que el lector perdiera el tufo molesto de alguna pústula y todos habríamos salido ganando. Está claro que no basta con invocar al astro rey para que ilumine un texto, como tampoco recrearse en lo escabroso es suficiente. Cuando no se sabe contar y hay poco de lo que tirar, el resultado no puede ser bueno.
Traducción: Regina López Muñoz
*Novela
